Guggenheims del mundo I. Nueva York, de Frank L. Wright

De los arquitectos alguna vez llamados Big Four, los padres fundadores del movimiento moderno en la arquitectura que son Le Corbusier, Alvar Aalto, Mies van der Rohe y Frank Lloyd Wright, quizá sea este último el que tuvo mejor destreza en la utilización de la geometría para conseguir las formas de sus edificios. Tanto en la geometría “maya” de las Casas Ennis de Los Ángeles o la Casa Hollycock, como en las plantas hexagonales y de retícula de 45 grados que utilizó en la mayoría de sus casas más notables, Wright demostró ser un maestro en la modulación de fórmulas y volúmenes.

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Bastante tarde en su larga y extraordinaria carrera, Wright encontró un mecenas que le sería totalmente fiel. Solomon R. Guggenheim le encargó construir un museo para su colección de arte no figurativo, reunido bajo la severa guía de la baronesa Hilla Rebay, que se convertiría en la primera directora del museo. Este también fue el primer encargo para Wright en Nueva York, ya que el proyecto se publicó en 1944, pero se retrasó por el estallido de la Segunda Guerra Mundial y de la muerte del fundador cinco años más tarde.

Tanto Guggenheim como la directora del museo se encontraron con una singular solución para el problema de exponer la colección. Aún en la década de los 50 se prefería la disposición secuencial de espacios para mostrar obras de arte, aunque por esa época ya existían notables excepciones, especialmente en Estados Unidos, como la Yale Art Gallery de Louis Kahn, construida en 1954.

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Casi cincuenta años antes, Wright, en el proyecto del edificio de oficinas para la empresa Larkin de ventas por correo en Buffalo, ya había presagiado el volumen central del Guggenheim, así como los varios cientos de atrios iluminados cenitalmente, que luego se construyeron por todo el mundo. En el solar de la Quinta Avenida, situado entre las calles 88 y 89 Este y frente al Central Parkpor la parte oeste, Wright pudo cambiar este concepto con una poderosa geometría en espiral que recordaba a los antiguos zigurats de Oriente Próximo, aunque invertido. Esta comparación es acertada, pues el mismo Wright usó ese término en una de sus exquisitas secciones transversales del museo dibujadas a lápiz.

El museo está construido en hormigón armado, con 12 pantallas estructurales que unen los niveles de las galerías. Deliberadamente y con gran maestría, Wright le resta importancia a la altura de entradas y vestíbulo, para así sorprender al visitante cuando llega al radiante volumen central, que sube cuatro plantas convencionales, sino de una sola rampa en espiral, en cuyas paredes inclinadas están las obras de arte.

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La intención de Frank Lloyd Wright era que el público subiese en ascensor hasta la planta superior y que después bajase por la rampa en espiral y se detuviese para contemplar la exposición en las galerías rectangulares, menos espectaculares, que se encontraban en cada planta. También existía la opción de subir la rampa desde la planta baja. En ambos casos, el visitante se encontraría con una paradoja básica y, según los expertos en Wright, típica del arquitecto, que es que el Guggenheim probablemente no sea el escenario más propicio para exponer obras de arte. Las obras expuestas, ¿deberían colgarse totalmente horizontales o debían seguir la inclinación de diez grados de la rampa? Además, las paredes oblicuas tienden a mostrar las pinturas en planos verticales individuales, libres del típico fondo visual de la pared, y el énfasis en cada cuadro todavía se acrecienta por las pantallas verticales que forman parte integral de la estructura del edificio y, por lo tanto, tienden a fragmentar la continuidad de la exposición.

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El debate sobre estas y otras cuestiones continuará, como sucede desde el momento en que se inauguró en octubre de 1959, y el Guggenheim será siempre una obra controvertida. La ampliación realizada en 1992 por Gwathmey Siegel & Associates, que ha seguido el concepto volumétrico de Wright, ha aportado más espacio para exposiciones y para los fondos del museo. Ciertos críticos, entre ellos el columnista británico Bernard Levin, lo han descrito, con cariño, como la última broma de Frank Lloyd Wright a la humanidad. Sin embargo, el Guggenheim continuará maravillando por ser un magnífico espacio arquitectónico que alberga una buena colección de arte.

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Nano Fernández

Nano Fernández

Un día estudié arquitectura y me enamoró. Por desgracia, no me pasa lo mismo con el inglés. Blogger entusiasta, aunque vaguete. Expatriado a tiempo completo.

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