Miedo e intimidación en la Casa Blanca

Spoilers del horror, el horror de House of Cards.

Llegaba la cuarta temporada de House of Cards, última de su creador Beau Willimon, y pareciera que este hubiera decidido (o no hubiese querido evitar) recuperar tantos y tantos cadáveres que la serie y el matrimonio Underwood han dejado a su paso.

En parte para rememorar narrativamente, en parte para estrecharles la mano uno por uno, desde el showrunner hasta abajo han congeniado para que pasaran ante nuestras rutinas, de nuevo, Lucas Goodwin, Raymond Tusk, Peter Russo, Zoe Barnes y Garrett Walker. Todos, unidos por un hilo del que ha ido tirando con tenacidad y experiencia profesional un magnífico Thomas Hammerschmidt (un siempre entrañable Boris McGiver) han ido visitándonos a lo largo de la cuarta temporada. Para eso, para hacernos recordar. Y para despedirse de Willimon que, como ya hiciera Aaron Sorkin, abandona su mayor criatura en su cuarto año. Qué zapatos tan grandes por llenar, en efecto. Qué lejos de haberse podido llenar, por otro lado.

En cualquier caso, esta andada nos ha servido para comprobar que el crucero mantiene su fuelle y que siempre anda presto a un buen juego con tal de saborear con el paladar las diferentes fragancias del mal. O como diría Frank Underwood a su esposa, Yes, we can.

Huelga decir que esta tanda el personaje de Kevin Spacey ha perdido su devenir folclórico para devolvernos al monstruo infatigable. En su momento ya dije que, tras las dos primeras temporadas, las de la escalada vertical sin arnés por el poder, la tercera perdió intensidad. Perdió sex-appeal, por más que Petrov, las Pussy Riots, Doug y la tensión Frank-Claire procuraran que no se derrumbara el edificio.

Hablando de Lady MacBeth, ha obtenido hasta mayor protagonismo que otras veces y, sin perder la dignidad, ha regresado a la vera del esposo a cambio del ticket de vicepresidenta (una apuesta personal ganada). No es culpa suya, este año ha sobrevivido a la muerte de su madre, a la cercana pérdida de su marido, a una infidelidad con Tom Yates… su rol en absoluto se ha visto reducido. Ahí los palos se los ha llevado un tal Lars Mikkelsen. El suyo sí que ha sido testimonial. Mala suerte para él, tocaba año de elecciones y jugar al villano correspondió en esta ocasión a un Conway más desdibujado y simple de lo que los americanos lo pintan. Una versión, simplemente, impulsiva (por joven) y exhibicionista (también por joven y por la generación que le ha tocado) del mismo Underwood. O de los mismos Underwood.

Esta temporada habrá ganado con respecto a la anterior en ritmo, contenido y quizás continente, pero también es cierto que ha contado con unas herramientas, fortuitas, no empleadas anteriormente. El atentado contra el presidente (pobre Meechum), las elecciones, la investigación, terrorismo… Las reglas del juego las imponen ellos, es cierto, pero si algo ha ayudado decisivamente a pintar una tanda aceptable, rozando el notable, ha sido el nuevo paso en el matrimonio. La escalada por el poder no se detiene, simplemente se comparte.

Claire estaba claro que terminaría por regresar, salvo que la muy libre Robin Wright decidiera dar ella misma el portazo antes, y la razón tampoco se escapa de aquel con un mínimo de imaginación. En un mundo como el de House of Cards que la Primera Dama se presente para vicepresidenta no es demencial, lo demencial es que lo entiendas tú como tal. Algo que venimos sabiendo casi desde el principio, lo que lleva el mismo tiempo desentonando es que continúen tomándose tan en serio. Y que algunos lo sigamos haciendo, quizás. Pero esos dos protagonistas, actores y personajes, ocasionalmente directores, bien merecen un vistazo. O destellos como el ISIS personándose con las siglas del Instituto de Crédito Oficial. Detalles, en efecto.

Los cuales, por otro lado, no nos han resuelto la duda. Como algunos pretendieron vaticinar, no conocemos el resultado de las elecciones porque no se han producido en la serie. No sabemos si el descenso de popularidad de Conway (que él mismo se ha buscado, empezando por su mujer inglesa y su wannabe-vicepresidente) le condenará, si el destripamiento de su ascenso a la cima del poder desde la base del mal pasará factura a los Underwood (demencial… que ocurra), de si el nuevo terror que nos aguarda segará todo lo demás.

Hay mucho que no comprendemos, cierto, pero sí bastante que tememos. Que individuos, déspotas tiránicos, contra los cuales se fundaron los Estados Unidos de América, intenten acaparar todo el poder es horrible. Que emplee toda la maquinaria del Estado y los servicios secretos (ese algoritmo de la cuchara) contra sus rivales políticos, que consiga que zozobren personajes íntegros, que practique el nepotismo como estilo de vida y se siente en el Despacho Oval… pone los pelos de punta, sinceramente. Y más sabiendo que, en la vida real, los monstruos no andan tan lejos. Dunbar, Durant… atestiguarían estas palabras con su sangre nueva. Y lo peor del monstruo es que viene por partida doble y ahora ella también mira a cámara. La hidra ante nosotros. Y otra apuesta ganada.

Queda por ver si el buen trabajo periodístico logrará frenarles, si el 15M pendiente en House of Cards se alzará contra su reino del terror (que Frank empezó mandato queriendo ser el nuevo Franklin Delano Roosevelt y termina año emulando a George W. Bush…) o si la serie terminará por devorarse a sí misma. El Ala Oeste sobrevivió sin Sorkin, pero Willimon siempre quedó muy lejos de llenar esos zapatos. Y ya ha gastado hasta sus recuerdos. Del resto, más allá de la razón y del caos, hablaremos aquí en un año.

Síguenos en @RADCultura y toda la información en @RAD_Spain.



en Twitter


en Facebook


en Google+

Raúl S. Saura

Raúl S. Saura

Raúl S. Saura es un error de la naturaleza. Escapado de un psiquiátrico, vino a anidar en el contenedor de basura que ejerce de puntual sala de reuniones de los mandamases de RAD Spain. Como con el tiempo se le coge cariño decidieron nombrarle mascota oficial y, por qué no, subdirector general. Insiste en que no ha nacido en Murcia.

Mis artículos

COMENTARIOS

Deja un comentario