#ThrowbackThursday: Tintín

Aún lo recuerdo como si fuera ayer. A los ocho años mi padre me trajo de un viaje un cómic, tan usuales entre mis manos por aquella época. Una preciosa edición de lomos de amarillo, la que tenemos en castellano. Y un título, El secreto del unicornio. Se trataba de Tintín y mi primer contacto con el universo creado por Hergé. Después llegarían El tesoro de Rackham el Rojo, La isla negra, Tintín en el país del oro negro, Tintín en el Tíbet (que retrataba con precisión de cirujano las recurrentes pesadillas blancas del autor), El cetro de Ottokar, Las siete bolas de cristal, El templo del sol, El cangrejo de las pinzas de oro, La estrella misteriosa… se puede decir que la relación fue fértil, a expensas de mi pobre padre.

Pocas historietas despertaron en mí semejante deseo por devorarlas como aquellas, avivado por el hecho de que por entonces me veía como periodista en ciernes. En España quizás Ibáñez o JAN, incluso Zipi y Zape, en Francia el gran rival idiomático Astérix, más adelante ya Alan Moore con V de Vendetta, algún tórrido coqueteo con la Marvel… pero nada belga. A día de hoy sigo pensando que el mayor compatriota que tienen es el periodista del flequillo imposible, aún mejor que el chocolate del país que tanto sufre estos días. En cualquier caso, mi reconocimiento no es ni único ni hueco: Spielberg ya se conchabó con Moffat (caballero ya, Her majesty) para adaptarlo al cine, precisamente empezando con aquel primerizo El secreto del unicornio. Pese a la conexión del evento con mi propia experiencia, decliné en su momento ir a ver la película y aún me resisto; no quisiera que el trazo caricaturesco de la adaptación empañara mi recuerdo, ya se sabe que la patria es la infancia y un porcentaje importante de ese terreno corresponde al noveno arte.

Al fin y al cabo, ¿quién no ha disfrutado también con la duplicidad de Hernández y Fernández? ¿O con la (falta de) memoria del profesor Tornasol? ¿O la verborrea de improperios del capitán Haddock? (Yo mismo he de admitir que aquella diarrea verbal me marca ahora más que entonces, prácticamente la reproduzco a la mínima ocasión.) ¿Quién no recuerda aquella mezcla de astucia, comedia e inocencia de Lulú, su rol entre secretario y guardián del amo, confidente del lector y moderna versión fabulesca? ¿Quién no recuerda como propias aquellas idas y venidas de los protagonistas por medio mundo en busca de malhechores, maldiciones, enemigos y peligros de toda calaña y condición?

Pero claro, a la hora de tirar de memoria hemos de reconocer aquellos aspectos más indeseados: su mismo autor, las primeras aventuras cargadas de racismo y anticomunismo (auténtica repulsión con aquel País de los Soviets), el colaboracionismo… en fin, sería rastrero no recordarlas o procurar defenderlas. No es el caso, Georges Remi distó siempre mucho de la perfección, como todos nosotros, y sin embargo creó algo muy grande. Más que él mismo, por eso Tintín se impone sobre aquel despropósito de ideología. Por algo recordamos a aquel joven de perenne sonrisa e ingenio tan complicado de frenar, tan difícil no congeniar con él. La figura más humilde posible, bajito y a la vez grande. Incansable, sencillo y generoso. Hergé no era perfecto, aunque su hijo de pluma cerca quedara de ello. Le debemos mucho, en tanta cantidad como tristeza sentimos repasando los bosquejos publicados bajo el título Tintín y el Arte-Alfa. Lo que hubiera salido de allí.

Con Tintín más de uno y más de dos crecimos y experimentamos juntos el valor de la amistad, la lealtad, el sentimiento de aventura, la lucha contras las injusticias, contra asesinos, ladrones, mafiosos, estafadores, avaros y ruines varios. Aquellos cómics (¡perdamos el miedo a emplear el término, con orgullo de una vez y no con la vergüenza de novela gráfica!) supusieron un antes y un después para mí y para muchos. Por imaginación, detalle, empeño y capacidad narrativa. Una obra maestra, don Hergé. Que no nos la quite nadie, ni siquiera usted.

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Raúl S. Saura

Raúl S. Saura

Raúl S. Saura es un error de la naturaleza. Escapado de un psiquiátrico, vino a anidar en el contenedor de basura que ejerce de puntual sala de reuniones de los mandamases de RAD Spain. Como con el tiempo se le coge cariño decidieron nombrarle mascota oficial y, por qué no, subdirector general. Insiste en que no ha nacido en Murcia.

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