Documentación extrema I | De personajes sin techo

Hoy empiezo con una serie de entradas que me va a llevar unos mesecillos completar. Básicamente voy a contarte cómo voy solucionando unos cuantos problemas de documentación que me van surgiendo cuando escribo. Si me has leído sabrás que soy una friki de la documentación. Pero hasta el punto de que para mí la documentación puede estar considerada como un deporte de riesgo.

Bien, la situación es la siguiente. Resulta que yo hace unos meses (demasiados, en realidad) empecé a escribir una novela histórica que, resumiendo mucho, va sobre una familia separada por el Muro de Berlín. Tópicos aparte, aunque la historia me tiene cautivada y me he enamorado un poquito de mis personajes, la estructura flojea un poco (entre otras cosas porque antes de empezar no me tomé el tiempo suficiente como para elaborar un planteamiento sólido) y en la página 68 me dio por cambiar el narrador de la historia. Esto, por supuesto, es un ejemplo de lo que no debe hacerse, más que nada porque ahora tengo por delante una dura y ardua tarea de corrección para esas primeras páginas.

El otro problema de esa primera parte es que no me tomé el tiempo suficiente antes de empezar a escribir para meterme en situación y empaparme bien de la época. Sí, vi un par de documentales, pero no me paré a analizar cada pequeño detalle de la sociedad y la época en la que se desarrolla mi historia. Y eso, claro, ahora me está pasando factura, porque intento seguir escribiendo teniendo en cuenta, por una parte, lo que quiero salvar de ese principio fallido, y por otra, esa realidad paralela (la que debería haber escrito desde el primer momento) que no está escrita todavía pero que condiciona la vida de mis personajes porque para ellos es el pasado.

Total, que tengo un lío bien armado y 52 enlaces en los marcadores de mi navegador con datos de lo más aleatorios sobre la antigua RDA (pequeño inciso: si vuestro explorador os quiere tanto como Google Chrome a mí, más os vale guardar de vez en cuando vuestros marcadores si no queréis que os dé un ataque de pánico, como a mí cuando la semana pasada los perdí todos durante dieciocho horas).

Así que estoy intentando suplir esa falta de contexto como puedo, aunque mientras tanto escribo menos de lo que debería. Y el otro día me dio por plantearme la siguiente pregunta:

¿Y dónde viven mis personajes?

Yo sabía (uno de los muchos reductos de sabiduría que proporciona un año Erasmus en Alemania), gracias a un profesor mío que nos llevó de excursión a un kindergarten (experiencia por cierto totalmente aterradora pero también satisfactoria, para mi sorpresa), que las casas típicas de la RDA son los Plattenbauten. Por el nombre puede que no te suenen, pero vienen a ser los edificios estos prefabricados de cemento que se construían como churros porque era fácil y barato. El mismo profesor nos estuvo explicando que la opinión general en la época de la Guerra Fría era que era preferible derribar edificios ruinosos y construir nuevos y más modernos que rehabilitarlos o restaurarlos (y que si no desaparecieron todas las Fachwerkhäuser de la zona de los Harz fue porque por suerte no había dinero suficiente como para destruir todos los centros históricos y reconstruirlos otra vez en color gris).

Otra cosa que ya sabía (gracias a un fantástico guía turístico) era que, durante la Segunda Guerra Mundial, la ciudad de Berlín fue bombardeada repetidamente (algo previsible, por otra parte) y que, como resultado de eso, fue destruida casi en su totalidad. Y esto significa que, de los edificios históricos y monumentos berlineses que pueden visitarse hoy en día, quitando la sede del actual Ministerio de Hacienda de Alemania (cuartel general de la Luftwaffe en otras épocas) y la famosísima Puerta de Brandemburgo, hay pocos que sean auténticos y no reconstrucciones.

Mi razonamiento, por tanto, era el siguiente:

Entonces, ¿cómo hago para que sea creíble que mis personajes se mantuvieron durante toda la novela en la misma casa?

Este dilema me llevó a leer documentos y documentos (todos larguísimos, por cierto) sobre la arquitectura en los años setenta, la propiedad de la vivienda en los países soviéticos y algo de planificación urbanística en general. Y no encontraba la solución a mi problema, ni encontraba información concreta que me indicara en qué calles no había habido renovaciones o las había habido con posterioridad a mi trama.

Hasta que, por fin, se me encendió la bombillita y decidí cambiar el enfoque de mi investigación: lo que necesitaba era buscar zonas que ya hubieran sido renovadas cuando mis personajes llegaron a Berlín.

Después de otra larga investigación y de leer otros muchos documentos largos, descubrí que las primeras calles en ser renovadas fueron las aledañas a la Stalinallee (que en 1961 pasó a llamarse Karl-Marx-Allee, porque por aquellos años hubo un proceso de desestalinización en todos los países de la órbita de la URSS), en la zona de Lichtenberg.

Y ahora me dirás: ¿para qué tanto trabajo? ¿Para escribir un párrafo sobre el tema y ya está? Tienes toda la razón. No es un tema de tantísima importancia para la trama que justifique la cantidad de tiempo que invertí en esto (durante el cual podría haber estado escribiendo, la verdad). Pero aunque no sea importante para el desarrollo de la trama, es importante para mí: soy yo la que necesita situarse y saber por dónde exactamente se mueven mis personaje. Para calcular distancias por ejemplo, y saber cuánto pueden tardar en llegar a tal o cual punto, o si hay (o había en esa época) transporte público cerca etc.

Por supuesto, lo lógico y natural sería hacer todas estas averiguaciones antes de empezar a escribir. No sigas mi ejemplo y te ahorrarás un montón de agobios y dolores de cabeza: es mucho mejor tener que adaptar la trama a una localización (o viceversa, la localización a tu trama) cuando llevas tres esquemas y medio que cuando llevas 100 páginas.

Y, sin embargo, la documentación es la parte que más me gusta de escribir novela histórica. El contexto lo es todo: comprendiendo las circunstancias que rodean a tus personajes los comprenderás mucho mejor a ellos.

Y ahora, dime tú: ¿te documentas? ¿Cómo lo haces? ¿Eres aún más friki y exhaustivo que yo?

(Por cierto, sigo sin saber si había lecheros en Berlín Este en 1961, pero mis últimas averiguaciones, en esta página, me llevan a pensar que no y que la leche se compraba exclusivamente en los supermercados.)

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Elena Álvarez Rodríguez

Siguiendo un camino de baldosas amarillas (salpicado de cuentos y polvo de hada) vine a parar a Internet: doblé la esquina de una página y ya no supe salir. Escribo dramas de todos los colores y viajo en el tiempo en mis ratos libres: si te gustan los vikingos, puedes leer mi novela «Cuando la luna brille», publicada por la editorial Tandaia.

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