#ThrowbackThursday: vacaciones en el pueblo

Conforme el poder adquisitivo de los españoles crecía, las vacaciones en el pueblo de los abuelos dejaron de ser una alternativa casi única para salir del calor urbano. Pero, de nuevo, estos últimos años de crisis, el pueblo se ha descubierto como un espacio único para disfrutar y cambiar el reloj por el costumbrismo y las relaciones personales intransferibles que regulan la vida en nuestras zonas rurales.

La mayoría de los niños de los 80 y 90 pasábamos nuestras vacaciones en pequeños pueblos con nombres comunes en los que te recontabas con tus primos y vecinos, un rencuentro que siempre te creaba hormiguillas en la barriga. Al principio no recordabas muy bien la dinámica de los últimos veranos pero en seguida y con el pretexto de ir a descubrir algo nuevo te sentías como uno más.

 En el pueblo las cosas funcionan de otra manera: hace más “fresco” que dicen las abuelas, se come muy bien (y mucho), la gente vive relajadamente y tú te dejas llevar. De lo primero que se debe hacer es ir a la zona de huerta o campo más cercana y empezar a jugar. Después, descubres la pista polideportiva bastante maltrecha donde las líneas del campo se empiezan a desdibujar y con un balón bastante desgastado juegas contra otro equipo, preferiblemente gente del pueblo de enfrente contra los que empiezas a profesar un odio casi bélico.

Después del primer día intenso y de casi no parar por casa, llega la noche. Tu familia se sienta con sillas en plena calle porque ese es el ritual más absoluto del pueblo, salir por la noche con los vecinos. Así, mientras tu abuela cuenta chistes con sus amigas y tu abuelo le da a las cartas, te das cuenta de que existen las estrellas y es que las noches de verano más bonitas se viven en el pueblo.

El segundo día es el del inicio de la bendita rutina: salir, jugar, el rollo de siempre. Da igual el tiempo que hayas estado sin verte con tus amigos del verano pasado, en el pueblo los sentimientos duran para siempre. Además, en el pueblo no necesitas quedar con nadie, ni grupos de Whattsapp ni modernidades por el estilo. Tú sales, vas a la plaza donde tu mejor amigo te espera y a partir de ahí te vas encontrando con gente. Por supuesto, con los primeros juegos empiezan a surgir las heridas, las más auténticas, manchadas de polvo. Cualquier vecina rápidamente te cura y te manda para la plaza a seguir dándole al balón, eso sí, te apercibe de que debes comer más porque estos de la ciudad estáis muy flojos. Esas heridas generalmente en la rodilla son tus marcas de guerra, únicas y especiales, que atestiguan frente a tus amigos de la ciudad que eres un tío duro de pueblo, como Carlitos de Cuéntame.

 Ahora toca vivir los preparativos para las fiestas y es que los pueblos salen del letargo invernal para vivir un éxtasis en verano. Ya sea el 16 o 25 de julio, el 15 o el 28 de agosto, los pueblos sacan a sus patrones a la calle y empieza el montaje de las orquestas y el rugir de la pólvora. Tú flipas. Estás nervioso porque a esa orquesta va Sarita, la vecina que tanto te gusta y, además, tus padres te dejan quedarte hasta tarde.

 Las orquestas de los pueblos son el culmen de las fiestas pero antes debe pagar un peaje que te impone tu abuela: ponerte tu mejor camisa, hacerte la ralla e ir a la procesión. En plena procesión recibirás miles de achuchones y preguntas sobre “y tú, ¿de quiénes eres?” a las que respectivamente tendrás que responder apelando a los apodos familiares.

Pero, por fin llega esa noche. Cantan las canciones que levantan a cualquier humano y tocan géneros muy diferentes (desde Fiesta Pagana a Hombres G). La primera parte de la noche es para que tus padres y sus amigos bailen. Después viene lo bonito y es que aunque no eres lo suficientemente mayor como para quedarte hasta las 6, como los de 19, sí te dejan hasta las 2 y a ti te parece la mayor aventura de tu vida. Le pides bailar a Sarita y…¡acepta! Ya tienes en tus manos el amor de verano, nunca falla. De hecho, puede que estés ante tu primer amor, Sarita la del pueblo, la que te dio el primer beso. 

Y, por supuesto, la noche después del gran día del patrón, toca una gran rueda de churros con chocolate, porque efectivamente vas a salir de aquí con unos kilos de más. Pero la fiesta no termina y es que todos los pueblos de la zona están en plena verbena. Convences a tus padres para ir con la pandilla incluso andando al pueblo vecino y, de nuevo, te llevas a Sarita a bailar a la otra orquesta.

 Se va acercando el final y empiezas a echar de menos la libertad de andar por las calles, de jugar sin límites, de tener la puerta de casa abierta, de la brisa de noche, de coleccionar salamandras, el saber vivir de la gente tranquila y honrada, de cómo tu abuelo te explica las tareas de la huerta, de tu abuela pidiendo que la ayudes a pelar unas patatas para esa encantadora ensalada veraniega y, por supuesto, Sarita.

 Cuando todo el mundo te pregunta por qué no vas a la playa, tú le dices que como la balsa del pueblo y su humilde piscina-río no hay nada. La vida, en los pueblos, se vive diferente porque se saborea mejor. Llega septiembre y toca volver a por los libros para el curso que viene, el uniforme y el material escolar. Eso sí, te vas con muchas cartas de esa pandilla que será para siempre y con la promesa de que dentro de un año habrá más.

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José Miguel Rojo Martínez

José Miguel Rojo Martínez

Murcia (1997). Estudiante de Ciencia Política y Gestión Pública. Escribo de la vida, lo que implica hablar de política, cine y televisión. Ser contingente amante de lo necesario.

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