El folklore tiene una casa en La Palma

La Casa del Folklore de La Palma cumple en breve 15 años de existencia. Se trata de una casona con un siglo de antigüedad, rehabilitada por los propios integrantes del Grupo Folklórico, sede del mismo y ámbito acogedor donde niños, jóvenes y adultos aprenden las jotas de Cabo de Palos, las malagueñas boleras del Campo de Cartagena o las levanticas. Muchos de los lectores a buen seguro que habrán degustado la gastronomía local que allí se sirve durante los fines de semana de marzo, fiestas patronales palmesanas, cuando la Casa se transforma en el Café Cantante. Durante ese mes se ofrecen actuaciones musicales de variada procedencia: cantautores, rock, pop, zarzuela, celta, folk, trovo, copla, flamenco, flamenquito y hasta algo de ópera. Vibrando envueltos en su magia han actuado Martirio, Amancio Prada o Valderrama. Un gran esfuerzo para los integrantes del grupo organizador que va destinado a financiar el Festival Nacional de Folklore de la comarca de Cartagena, que se celebra en el palmeral de la finca Tomás Ferro, en los primeros días de julio.

Fue una buena idea bautizar a esta experiencia con la denominación de café cantante, unos establecimientos que están en la tradición flamenca española desde 1847 hasta 1920. Aunque aparecen por primera vez en París este tipo de locales destinados al consumo de bebidas y a los espectáculos musicales y teatrales, hasta monólogos y números circenses. Nombres míticos que aún hoy continúan en muchos casos como el Folies Bergères, que se inaugura en 1869 y el Moulin Rouge, en 1889. Muy pronto se extiende la moda por todos los rincones de Europa y América. También uno de sus bailes más rápido y emblemático como escandaloso: el can-can.

Sabemos de la existencia de un primigenio café cantante en Cartagena, muy concurrido, en la plaza del Rey, gracias a la información que proporcionó El Eco de Cartagena, un viernes 7 de abril de 1872. Ese mismo año se abre otro en la plaza de la Merced. El flamencólogo jerezano Manuel Ríos Ruiz llega a dar la cifra de 11 cafés de cante radicados en la ciudad de los 63 repartidos en 12 ciudades españolas. José Blas Vega informa de 16 en una sola calle de la ciudad hermana de La Unión. Se alternaban entonces en los espectáculos estilos flamencos de cante y baile con fragmentos de zarzuela, jotas y bailes de la escuela bolera, que actualmente ejercitan con gran acierto el Grupo Folklórico de La Palma y la Cuadrilla de Fuente-Álamo.

La malagueña de la ‘madrugá’

Aquellos cantarcillos tomados de las faenas del campo como la malagueña de la ‘madrugá’ o los cantes de trilla experimentarían una honda y dramática transformación en la garganta de los primeros profesionales del arte flamenco como El Rojo. Este hombre emprendedor, dedicado en un primer momento al negocio familiar de la fabricación y venta de alpargatas, llegó a regentar un café cantante en La Unión y una posada-taberna en el callejón del huerto del Carmen de la calle Canales, donde ahora está la Posada Jamaica. Allí asistía como aficionado el padre de la escritora Carmen Conde, ya que residían en la cercana calle de La Palma.

En estos establecimientos actuaban contratados por El Rojo los artistas flamencos a los que junto a él se consideran artífices de buena parte de nuestros cantes: tarantas, malagueña de Cartagena, cartageneras, tarantillas o mineras, sanantonera, levantica, fandango minero etc. Sabemos muchos de sus nombres, unos eran almerienses o de otros lugares de Andalucía y otros eran nativos: Enrique el de los Vidales, Chilares, Pedro el Morato, Paco el Herrero, La Peñaranda, el Pajarito, el Albañil, Perico Sopas etc.

Precisamente el Grupo de La Palma interpreta en una versión folklórica la malagueña flamenca de La Peñaranda, una creación de Luis Federico Viudes. Otra vuelta de tuerca en la evolución musical porque Concha La Peñaranda se inspiró para componer su peculiar malagueña en una especie de fandango folklórico del Campo de Cartagena que Antonio Piñana registró en disco como murciana bailable: Hermosa flor de Levante.

Un doble viaje de ida y vuelta entre el folklore y el flamenco. Al fin y a la postre el flamenco surge después de un proceso de recreación, engrandecimiento y de dotar de mayor dificultad técnica a las canciones folklóricas. Y la etapa de los cafés cantantes fue fundamental en ello y en otro aspecto imprescindible para que todo este alumbramiento se produjese: la profesionalización de cantaores, bailaores y guitarristas. Es la Edad de Oro del flamenco en cuanto a la estructuración y fijación de cantes y bailes y en la evolución de la guitarra. Se dejan atrás en esta evolución otros instrumentos como la pandereta o el violín.

¿Cómo eran aquellos cafés cantantes? Los habría de todo tipo de pelajes, unos más apañados que otros. La norma común eran locales más o menos amplios con un escenario para los artistas y mesas y sillas destinadas al público congregado para que consumiera bebidas alcohólicas durante las actuaciones. Algunos se decoraban con espejos, cortinaje y carteles de toros, otros tenían mesa de billar como el que poseía El Rojo.

Cuando se cierran estos salones el cante pasará a los teatros, los cines y a las plazas de toros. Aunque durante los años 50 del siglo XX reaparecen, de alguna manera, pero llamándose tablaos y orientándose muchos de ellos al turismo.

La prensa, en manos de la burguesía bienpensante, los atacaba como foco de inmoralidad y violencia debido a las frecuentes riñas que acaban en algunos casos con heridos o muertos. No era de extrañar que estuvieran vinculados con la práctica de la prostitución y la congregación de tahúres venidos de todas partes para ganar en la timba los dineros de la mina.

Lo ‘mejorcito’ de cada casa como podemos ver en los salones de las películas del oeste americano, ya que estamos hablando de los mismos años. Por otro lado los sindicatos y partidos de izquierda condenaban la actividad de los cafés pues desviaban a los obreros del camino de la cultura y de la conciencia política. No nos extraña que muchos aplaudieran al alcalde unionense Jacinto Conesa cuando en 1900 aplicó escrupulosamente las medidas promulgadas por el Gobierno Central y cerró todos los ubicados en su término municipal. Pero eso no pasará con el café cantante de La Palma. De momento.

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José Sánchez Conesa

José Sánchez Conesa

Doctor en Antropología Social y Cultural, licenciado en Historia. Autor de libros sobre historia local y tradiciones del Campo de Cartagena, para ello ha recogido testimonios orales de los mayores que se recogen en obras como "Ritos, leyendas y tradiciones del Campo de Cartagena" o "La Palma. Un pueblo cuenta su historia", entre otras. Publica una columna todos los miércoles en La Verdad de Cartagena sobre esta temática titulada El tío del saco. Ha colaborado en varias emisoras de radio y televisión regionales. Obtuvo el Premio Internacional de Periodismo del Festival del Cante de las Minas de la Unión. Cronista oficial de Cartagena desde diciembre de 2015.

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