El galanteo en casa de la novia

Hace más de un año, el profesor Javier García del Toro dirigió una visita guiada en el Museo Arqueológico de Cartagena centrada en la arqueología erótico-pornográfica, víspera de San Valentín. Nos regaló su garum afrodisíaco y nos mostró unas láminas de enormes penes pétreos que simbolizaban la fertilidad, la felicidad y la buena suerte para los antiguos romanos. Incluso los pintaban en las paredes de sus viviendas o los esculpían en columnas por las calles. Sirvan estas líneas de introducción dedicadas a nuestros antepasados remotos, para quedarnos con otros más cercanos como son nuestros padres y abuelos. Ellos mismos nos contaron sus prácticas amorosas.

Los días de visita del novio, según zonas, eran tradicionalmente los miércoles, sábados y domingos. A los viudos correspondía el jueves. Salvo el domingo, por ser festivo, el resto de días se dedicaba a este menester el tiempo que va desde la finalización de la cena hasta las once o las doce de la noche. El lugar de la vivienda destinado a este cometido era la entrada o recibidor, que en las construcciones de antaño era un espacio amplio. La madre guardaba la virtud de la muchacha mediante estrecha vigilancia, unas veces tomando posiciones en la misma pieza, frente a la pareja, o bien ubicándose al otro lado del arco portal, que unía el recibidor con el comedor, sin puertas de por medio.

En la pequeña localidad de San Isidro tiene la palabra Encarnación Quiñonero Rubio: <<Entre las sillas de los novios debía coger un gato. (Se sentaban) en la entrada, con toda la familia y con toda la luz que se podía: un quinqué, un chumino, candiles. La vieja tosía en señal de peligro o movía la silla haciendo ruido para llamar la atención de los novios cuando se ponían cariñosos.>>

La carabina en su puesto

«A la futura suegra -prosigue su relato- se le llamaba la carabina y a su acción vigilante hacer cestos, porque solía realizar labores de hogar mientras controlaba. Algunos novios, con disimulo, corrían la cántara para tapar el quinqué, oscureciendo algo la estancia, circunstancia aprovechada para dar algún pellizco. La vieja no debía levantarse de su silla. Cuando alguno de sus hijos más pequeños pedía agua, mandaba a la hija, a la propia novia. Ella no abandonaba su puesto».

Hemos hallado el caso de un ingenioso joven que antes de entrar a la vivienda de su amada abría la puerta del corral para que las gallinas escaparan. Una vez dentro de la vivienda la suegra se percataba del problema, por el cacareo de las aves, marchando inocentemente a recogerlas, dejando a la pareja durante largo tiempo a sus anchas. Hasta que por fin la buena mujer cayó en la cuenta que los días de galanteo, extrañamente, coincidían con la escapada de las gallinas. Pasados los años le recordaba la suegra al ya marido de su hija: «¡Qué pillo eras!».

Lo cuenta Agustín Luján Mercader, en El Albujón: «Se ponían en la entrada y la suegra se ponía en frente, sin parpadear. La madre en el arco portal y allí estaba colgá la cántara. No te obsequiaba con ná, salvo un trago de agua. Yo merendé en casa de mis suegros a los tres años de ser novios. Cuando terminabas de trabajar te ibas a las ocho o a las nueve hasta las once. La vieja tosía, daba golpecicos con el pie en el suelo o zurría las tenazas del fuego del hogar cuando la escena subía de tono. El novio se iba cuando la novia ponía la escoba, por indicación de la vieja, apoyada en la pared».

Otra narración lo confirma, la de Nicolasa Álvarez Sánchez, que residía en un caserío entre El Jimenado y Pozo Estrecho, y añade más elementos de ese lenguaje no hablado: «La vieja le daba cuerda al reloj para decir que la visita terminaba porque era ya muy tarde». Esta acción, como las anteriormente expresadas, formaban parte de la simbología hogareña que todos entendían a la perfección.

Si la relación prosperaba se celebraba la ceremonia de la pedida, popularmente la compra de la burra. Pero esa es ya otra historia.

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José Sánchez Conesa

José Sánchez Conesa

Doctor en Antropología Social y Cultural, licenciado en Historia. Autor de libros sobre historia local y tradiciones del Campo de Cartagena, para ello ha recogido testimonios orales de los mayores que se recogen en obras como "Ritos, leyendas y tradiciones del Campo de Cartagena" o "La Palma. Un pueblo cuenta su historia", entre otras. Publica una columna todos los miércoles en La Verdad de Cartagena sobre esta temática titulada El tío del saco. Ha colaborado en varias emisoras de radio y televisión regionales. Obtuvo el Premio Internacional de Periodismo del Festival del Cante de las Minas de la Unión. Cronista oficial de Cartagena desde diciembre de 2015.

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