Los galanteos de antes

San Valentín nos servirá de coartada para tratar el galanteo o cortejo amoroso de antaño con una mirada retrospectiva en la que contemplamos candor, ingenuidad y hasta picardía. A otros el santo les ayuda a vender sus productos.

Todas las ciudades y pueblos contaban con una zona acotada por la costumbre para el paseo del domingo por la tarde. Normalmente la calle principal era recorrida de arriba a abajo en actividad continuada, conocida como ‘sacar agua’ pues recordaba la repetida acción de los borriquillos de noria. Allí se daban cita tanto los novios formales como los aspirantes a ello, siendo fácil observar cómo los grupos de jovencitas cogidas del brazo formaban una fila y detrás el grupito de ‘moscones’ que buscaban conversación. Comenzaba así el tonteo con el firme propósito de buscarse amiga pues después vendría el baile o el cine.

Buena parte de las actividades del calendario festivo tradicional eran propuestas orientadas al encuentro de los sexos. Así las cuadrillas en Navidad cantaban a las moradoras casaderas de la vivienda: «Esta casa es casa grande/ con ventanas y balcones/ y las niñas que hay dentro /parecen ramos de flores». O esta otra copla: «Quién es esta señora / que en esta casa resplandece: /Es la señora María/ que todo se lo merece». En algunos estribillos la huella de la relación amorosa: «Digamos con alegría: / las mozas quieren casarse/ yo también me casaría». Incluso otra versión alternativa: «Digamos con alegría: / las mozas quieren casarse/ y la cosa está jodía». Algunos guiones o troveros, que eran los solistas que improvisaban lo que cantaban, aprovechaban la oportunidad para animar al mozuelo tímido que no terminaba de declararse. O tal vez alabar, con buen gusto y tino, las virtudes de una de las hijas del anfitrión que estaba disponible para la relación amorosa.

Sin abandonar el ciclo de la Pascua encontramos los Inocentes y su festejo con bailes de pujas en los atrios de las iglesias. Los llamados inocentes, con sus atuendos estrafalarios y comportamientos hilarantes, organizaban la puja de los varones que optaban a bailar con la muchacha que ellos eligiesen. Pero para ello debían ser los mayores postulantes a beneficio de la parroquia. Hubo ocasiones en las que se acabó con algún mosqueo importante entre los mozos, incluso la fiesta llegó a desbaratarse por refriega belicosa. La prensa de finales del XIX y principios del XX así lo atestigua. Y es que los más atrevidos triunfadores de la puja gozaban del derecho, y lo ejercían, de danzar con la novia de otro.

Pedro Fructuoso me lo cuenta pues le sucedió a sus abuelos, entonces novios ‘pa casarse’. Otro galán, con mayores recursos económicos que el novio oficial, la pretendía y aprovechó la puja para acceder a bailar con la joven, quien ya le venía advirtiendo que nunca la tocaría. La galilea le obligó a utilizar un pañuelo que evitará el contacto de sus manos en el baile ‘agarrao’. Ocurrió en Pozo-Estrecho hace más de 100 años.

El doctor Rafael Luquin nos apunta que El Meneos, personaje popular del casco antiguo de Cartagena, galanteaba a las muchachas de una manera peculiar. Cuando estas se asomaban al balcón, el galán se ponía en jarras y paseaba airoso por la calle, como un torero o como un pavo real haciendo la rueda, para a continuación cantarle una zarzuela. Ya no se liga así.

Muchos han sido en nuestra comarca y región los casos de rapto de la novia, acción conocida también como ‘llevarse a la novia’. Se aducían motivos dispares para ello como la oposición paterna a la relación o la falta de medios para afrontar una ceremonia por la iglesia pues comportaba gastos importantes en trajes y convite. Otros lo achacaban a la pasión irrefrenable del momento. Después del baile, o en cualquier momento acordado, se perdían en la oscuridad de la noche, acabando en casa de los padres del novio o hermanos casados del mismo. Siempre un familiar del joven. Allí pasarían la primera noche juntos, o por el contrario, la depositaría en esa vivienda, marchando a casa de sus padres hasta el momento de la boda. Por las noches la visitaría para galantear como siempre, pero ya la muchacha tenía dueño. La boda de los fugados era celebrada en la sacristía, una mañana muy temprano o una noche, nunca en día festivo. Tan sólo la pareja, los padrinos y poco más. Nada de fiesta porque la Iglesia no lo veía bien, aunque esta práctica era seguida por un alto porcentaje de la población, por ello muchos padres no reprendían a sus hijos. Se fugaron antes.

El tema da para mucho por lo que retornaremos nuevamente al asunto en próximas ocasiones. Palabrica de enamorado.

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José Sánchez Conesa

José Sánchez Conesa

Doctor en Antropología Social y Cultural, licenciado en Historia. Autor de libros sobre historia local y tradiciones del Campo de Cartagena, para ello ha recogido testimonios orales de los mayores que se recogen en obras como "Ritos, leyendas y tradiciones del Campo de Cartagena" o "La Palma. Un pueblo cuenta su historia", entre otras. Publica una columna todos los miércoles en La Verdad de Cartagena sobre esta temática titulada El tío del saco. Ha colaborado en varias emisoras de radio y televisión regionales. Obtuvo el Premio Internacional de Periodismo del Festival del Cante de las Minas de la Unión. Cronista oficial de Cartagena desde diciembre de 2015.

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