Celta de Vigo vs Clos

Sin orden ni concierto, así transcurrió la primera parte de un partido desordenado con un Celta inquieto y al que de nada sirvieron jugadas ensayadas, esquemas, logísticas, estadísticas ni pizarras. La improvisación se hizo dueña de un juego caótico e ineficaz potenciado por decisiones arbitrales que, como si del platillo de una balanza se tratase, inclinaba la mitad del campo hacia terreno valenciano. La diosa Justicia con los ojos tapados, no como símbolo de equidad en este caso sino de ceguera, de no ver parcialmente, pues algunas situaciones se le antojaban diáfanas y con su espada sentenciaba casi siempre cortando cabezas a los anfitriones que, hostigados por el látigo invisible de sus decisiones, sacudía violentamente, haciéndolo silbar sobre las cabezas celestes y que, lejos de amedrentar a los de Berizzo, les encendía y como un resorte respondían a la afrenta desigual con garra. Así llega un penalti a favor del Valencia que materializa Parejo al colarse por la portería defendida en esta ocasión por el querubín del Celta, desmintiendo con su trabajo lo que dice su rostro aniñado, su pálida tez y su rubio cabello, demostrando que es un jabato, un portero celoso de su feudo que lo protege como el mejor de los guardianes.

Pero un Valencia, casi tan poco ortodoxo en su juego como el propio Celta, plantó cara con todo su ser. Necesitado de un respiro, llenó sus pulmones en los primeros minutos del segundo tiempo que dominó inconformista ante un empate que no le servía. El culpable, Roncaglia, que en el minuto 42 equilibró la balanza ninguneando a la dama Temis con un gol espectacular, de los que nos gusta ver una y otra vez y recrearnos con su ejecución, mérito de un jugador atento y talentoso que nos deleitó en una acción individual magistral. Los ánimos de unos y otros, caliente, caliente… quemando. Se molestaban continuamente, protagonizando pequeños incidentes que aunque no llegaron lejos crearon un poco de tensión (que no se molestaron en disimular) entre los hombres más temperamentales y que fueron obsequiados con amonestaciones y tarjetas. Entre este pequeño caos llega el gol del desempate, un búfalo envistiendo que no deja indiferente a nadie porque mira a los ojos y lanza el objeto de su furia y anota. Súper Guidetti, que escuchó “su canción” tras marcar un gol de cabeza.

Espectáculo, sin duda el que tuvimos en Balaídos, enfrentamiento con mayúsculas, cánticos, pañoladas, silbidos… el espectador que sin tapujos ni miramientos expresó su sentir. Ovacionando al argentino Roncaglia por su regalo, agradeciendo a Guidetti su osadía al protestar por un inexistente piscinazo. Sí, inexistente. ¿Acaso ya no sabemos quién es ese rubio todoterreno que su vida es el fútbol vestido de azul? También por su gol que celebró con cánticos, indignado con un arbitraje que ve mucho o no ve nada, molesto con Santi Mina al que no le perdona haberse ido sin despedirse. La afición en su libertad de manifestarse puede ser duro como una roca, inflexible y no olvidar jamás un desaire, pero también agradece el esfuerzo de los hombres que defienden la camiseta de su club y lo hace sin condiciones y con cariño.

Vimos un equipo nuevo ya que la agenda aprieta y los viajes van dejando huella. Solo necesitan un poco más de tiempo, conocerse, entenderse y creer en ellos porque hacen que el Celta sea un equipo más fuerte, más grande y mejor.

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Carmina Fernández González

Carmina Fernández González

Una persona corriente, amante de la sencillez (no de la simpleza).

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