La pobreza como arte

Sigue siendo una vieja excusa la de tener a pobres o la pobreza a la vuelta de la esquina. Incluso le corresponden las generales de la ley, al propio Papa Francisco, quien al menos semántica como simbólicamente es el que más viene haciendo visible el eje de la pobreza como el gran problema de la humanidad actual. Sin embargo, tanto las estadísticas (ya volveremos a ellas) como los distintos campos en los que se subdivide la ciencia, diletantemente, responden que son cuestiones estructurales, que llevarán un tiempo considerable revertir y transformar para bien. Como sensiblería básica, o golpe bajo efectista, sobre todo a los del distrito de las letras, nos resulta muy fácil ponernos en la piel, en el estómago vacío, en el vulnerado espíritu de un pobre y hablar por él, calzarnos una sotana y jugar a ser dios en la tierra. En el mejor de los casos, diciendo que pensamos o trabajamos por los pobres, o lo que sería peor, como ocurre, mayormente pero no excluyentemente en Latinoamérica, calzarnos el traje de políticos y enriquecernos gracias a los pobres.

Dicen quienes se jactan del saber que el arte transforma, libera, redime. Claro que un pobre, difícilmente, si no resuelve su pobreza antes, pueda disfrutar o, lo que sería mejor, producir arte. Salvo que a tal punto hubiéremos trasladado la humanidad, que esto fuese posible; la división entre los que son pobres y los que no. Incluso, que se pueda demostrar efectos que los pobres pudiesen ser objetos de nuestra apreciación artística. ¿No lo son acaso, con los informes de los medios de comunicación o las imágenes que compartimos en las redes sociales, generadores de nuestras lágrimas, penas, sentimientos de compasión, de lo ajeno, extrañeza o temor? Sin que nada de esto nos impulse a otra cosa más que a nutrirnos de ellos, es decir, a servirnos de su pobreza. Por tanto, el uso que hacemos de la misma nos resulta a todas luces más que redituables.

¿Por qué no hacer arte con la pobreza?

Los pocos que tienen la posibilidad de disfrutar de producciones artísticas tienen que trasladarse a galerías, museos o lugares determinados para tan altruista fin. Simplifiquemos tan engorroso traslado, llevemos a los pobres y sus miserables quehaceres allí donde la ampulosidad devora el ideal de la justa distribución de la riqueza.

El arte como manifestación humana, alcanzo mediante estrambóticos hacedores, profundizar la línea libertaria del hombre, llegando a veces, al insondable límite de lo anárquico. Fenecían los cánones preestablecidos, acerca de qué materiales y bajo qué formas, por ejemplo, crear un cuadro. Regresando, tal como Sísifo (aquel mito que representa a alguien subiendo una colina con una piedra, para depositarla en la cima para que esta caiga y vuelva a ser elevada infinitamente) por obligada necesidad de catalogar, clasificar y anatematizar sus propias creaciones, el hombre, bautiza a sus formas de manifestarse bajo epítetos de corrientes artísticas. Todas las incluidas en las enciclopedias de arte (expresionismo, realismo, impresionismo, dadaísmo, cubismo, minimalismo y demás) hasta arribar incluso a Marcel Duchamp con su mingitorio en exposición, o a un Andy Warhol con la filmación de un hombre durmiendo expuesto como película.

En un mundo en el que más de la mitad de los habitantes tienen problemas serios para cubrir sus necesidades básicas (sin por ello introducir estadísticas, no sólo por lo innecesario sino también por lo ajustada visión de U. Eco sobre la misma: “es la práctica por la cual si una persona come dos pollos y otra ninguna, la conclusión es que cada uno de ellos ha comido un pollo”), lo justo y adecuado es precisar que la producción, el goce y el intercambio de manifestaciones artísticas se encuentran meramente reservadas a los sectores no necesariamente más pudientes, pero sí al menos a los que no padecen la criminalidad de no tener que comer. Existe una conexión indisimulable entre los estómagos vacíos y los espíritus llenos. Nadie alcanzaría esto último si padeciera de lo primero. Tampoco se trata aquí de apuntalar lo que inculcan, cultural y ritualmente, las grandes religiones con la noción de culpa. Mucho menos se pretende instalar la concepción de mártir que no puede conciliar el sueño, tras una cena regada con una bebida espirituosa, elaborada por una cosecha de antaño, por el hambre de los niños pobres.

Ingresamos al mundo del arte donde nada está prohibido: todo simplemente es.

Una muestra artística, donde una familia de menesterosos se traslade con su hedor, sus miserias y dolores a lo más granado y glamoroso del sector más pudiente de la ciudad, para permanecer unos días y desarrollar sus vidas, constituiría un hito indispensable, cultural y socialmente. Si los diferentes gobiernos, y por ello la solidaridad del mundo, no puede, no ya acabar, sino al menos sosegar, la disparidad entre los que no tienen nada y los que poseen demasiado, la pobreza tiene que ser objeto de la mirada artística.

Sin tomar banderas del compromiso social ni embeberse en ambiciones grandilocuentes de cambiar al mundo, sino simplemente por el impacto que generaría el contraste de realidades opuestas proporcionalmente, la muestra de acceso libre y gratuito tendría que llevarse a cabo en la mayor cantidad de ciudades posibles, en las intersecciones o esquinas, más paquetas, onerosas, ricas o acomodadas. No se pretende aunar un grito simbólico contra la pobreza del mundo, sencillamente se busca que los adinerados no se tengan que trasladar demasiado para apreciar una manifestación artística.

A decir del artista argentino Nicolás Fiks: el arte (y cuando digo arte abarco todas las ramas, al igual que el saber filosófico que en un verdadero artista es inherente a él) está sobre todas las cosas, hasta sobre esos maestros que tanto amo. Y ellos sin lugar a dudas lo hubieran querido así, porque la persona, la aglomeración de carne y sangre, de esperma y óvulos, pasará, se pudrirá, todo lo que diga, con relación a la cotidianeidad de la vida será opacado por la vejez, la enfermedad y la muerte. Todo es caduco, todo es “atrapar vientos” como sabiamente nos dice el Eclesiastés, pero sin embargo las palabras si se las lleva el viento es para transportarlas a otros jóvenes malditos, apartados, marginados que sabrán hacer con ellas verdaderas obras de arte. Y así, nuestro propio dharma será perenne, porque lo que cosecharemos ahora será recogido por alguien que, impregnado de nuestro arte y del arte que nosotros heredamos, dará batalla a Dios, a la mediocridad y a todo sujeto o cosa que quiera impedirnos nuestro desarrollo mental.

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Francisco Tomás González Cabañas

Francisco Tomás González Cabañas

Comunicador, filósofo, ensayista. Nací en el `80 cuando retornaba la democracia en mi país (Argentina). Maduré en el `01 cuando una crisis de proporciones casi se lleva puesta a esa democracia. Viví unos meses en Madrid, tengo editados 4 libros de filosofía. Dos novelas filosóficas (El Macabro Fundamento y el Hijo del Pecado) y dos ensayos de filosofía Política (El Voto Compensatorio, Redefinición del Contrato Social y La Democracia Incierta).

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