Pasar de la delectatio terrestris a la delectatio coelestis

Como si aún viviésemos en pleno auge del jansenismo, una de las problemáticas claves de la tardomodernidad que trasvasa, desgarrándola a la política, es la de la predilección del hombre, sobre todo, el hombre de poder, por las cuestiones terrenales (o materiales) antes que la trascendentalidad del acto del bien por sí mismo (o interpretar lo que creen como una abstracción como la gloria eterna de lo inmortal). El poder entendido como la posibilidad de aquel que, accediendo a tal espacio, sea por izquierda o por derecha, o por la categoría que se quiera utilizar, cambia primero, o única o primordialmente, su realidad material a expensas de no cambiar la de los otros, a los que previamente había prometido que les cambiaría su realidad colectiva.

Quizá sea aburrido (como si mirar una película pornográfica no lo fuese, tal vez resulte frustrante para quienes no lo hacen) pero si no leemos a los que escribieron antes nos estamos perdiendo tantas cosas, entre las cuales se encuentra la vida misma, y en ella la valoramos en su real dimensión cuando muere alguien cercano, o se enferma un conocido. Esa disrupción es liberadora. La muerte, sobre todo en circunstancias trágicas como las de un accidente o un atentado multitudinario, muchas veces resulta reveladora, tras el dolor inconmensurable del impacto y la estupefacción, la situación límite a la que nos conduce, inevitablemente, al absurdo y de allí al pensamiento o la reflexión, para no responder a la violencia con más violencia, expresa o manifestada o manifiesta a través de muro o prohibiciones.

En esos instantes es cuando vemos y sentimos con claridad meridiana que nada subsanará esa absurdidad, que sólo aquellas cuestiones vinculadas a lo religioso, lo filosófico, o lo trascendental pueden funcionar. Esto que debería ser norma es en verdad lo extraordinario. De allí que decimos, o leemos que seguimos en aquella aporía jansenista (opuestos furibundos a los jesuitas, para dato no menor del actual Papa jesuita), que en verdad surge de una aporía anterior entre Agustín y Pelagio (para los que quieran profundizar). Este dilema subyace lo que tratamos, a decir de José María Pérez Gay:

“De tal forma, la aparición de la conciencia, esa confrontación íntima donde el yo se sabe otro para sí mismo, abre el espacio para la libertad y con él un vacío que el ejercicio de dicha libertad obliga a llenar una vez y otra. Sócrates y Platón postulan al hombre como señor de tan urgente actividad; el cristianismo postula a Dios. Tanto los griegos como el hebreo responden al anhelo de unidad trascendente que ha marcado dos mil años de metafísica occidental. Agustín en particular señala que la renuncia a la trascendencia, la reducción del hombre a ser unidimensional es ni más ni menos que el mal, el pecado contra el Espíritu Santo”, para agregar citando a Safranski le hace decir a este: “Un ser humano es una parte del todo que llamamos universo, una parte limitada en el espacio y el tiempo. Se experimenta a sí mismo, con sus pensamientos y sentimientos, como algo separado de todo lo demás, lo cual constituye una ilusión óptica de su conciencia. Esta ilusión es para nosotros una suerte de prisión, que limita nuestras aspiraciones o inclinaciones a unas pocas personas cercanas a nosotros. Es tarea nuestra liberarnos de esta prisión”.

Para finalizar la cita, y como si fuese algo solicitado por este suscribiente acuña: “El hombre traiciona lo universal porque la angustia de la vida lo expulsa del propio centro. El centro es el espíritu del amor, fuego devorador que el hombre busca y rehuye a un tiempo. El hombre opta por la periferia de la esencia, se convierte en un ser excéntrico, traiciona al espíritu, peca contra el Espíritu Santo. Tal es la estructura fundamental del mal. Al final, sin la unidad de la naturaleza ni la unidad en Dios, para Schelling sólo queda la organización del Estado.”

En ese Estado, como el nuestro, como el de cualquiera, debemos velar por hombres que más allá de gestos, de palabras, o de acciones políticas, abracen las causas transcendentales por sobre las terrenales. Eso los hará libres, cercanos a Dios e inmortales.

Una de las verdades incontrastables de la política en su hacer, no desde su perspectiva de ciencia, es la condición circunstancial, es decir, por más que permanezca un tiempo largo o considerable el poder no puede anidar eternamente en mismas manos, por la finitud del sujeto básicamente y por definición, de allí que, para legitimarse, desde el poder se construyen razones, argumentos, o representaciones, como para validar esa tenencia del poder que practican los tenedores. La autoridad constituida mientras se funde en razones más argumentadas, plasmadas en sofisticadas leyes o cuerpos normativos, serán más difíciles de desandar para los que no estén de acuerdos con las mismas. Es decir, si la construcción de una autoridad de poder se sostiene en principios de autoridad que hacen referencia a situaciones poco racionales, desligadas de la misma y basadas en la informalidad de caprichos o de decisiones plagadas de irracionalidad, seguramente será mucho más circunstancial su permanencia o latencia en el poder, puesto que tendrá que ratificar tales principios con un incremento de la fuerza irracional del poder que, al acrecentar su nivel de presión, se convierte en opresión, culminando en un estallido de las normas hasta entonces aceptadas (de allí que las “revoluciones o crisis siempre conlleven sangre y fuego”).

Ciertos sistemas políticos se edifican desde la identidad cultural de los pueblos a los que conducen y de allí su permanencia por períodos considerables, que son desplazados por otros grupos que reinterpretan mejor los cambios o ajustes que esa cultura precisa de su identidad cultural-social-política. Internarnos en estas cuestiones ameritaría al menos, un tratado pormenorizado, solo nos limitaremos a nominalizar o señalar en verdad como ejemplos, a los que estamos refiriendo o tratando de.

La democracia en ciertas latitudes, o el sistema político mejor dicho, avanza hacia lugares donde el soberano electo, posee un poder cada vez más limitado por la participación de los ciudadanos que incluso le pueden elegir hasta sus colaboradores o ministros, los programas de gobierno que tiene que ejecutar y las prioridades en la agenda pública. El desmadre de la tecnología o esta era nanotecnológica de comunicación instantánea y vida tras una pantalla es utilizada para estos fines, que podríamos decir que se ajustan un poco más a los relatos de las polis griegas y el ágora de las discusiones políticas, nominalizadas ahora como redes sociales o interfaces virtuales.

De aquí es que se deduce el axioma de que cada pueblo tiene el gobierno que se merece. Hasta que no forjemos sociedades democráticas, trabajos democráticos, familias democráticas, muy difícilmente tengamos un corpus social democrático. Sólo entendemos esta cláusula por la aplicación de la imposición, circunstancial, de mayorías, que se forman a pedido, de esos peticionantes, a quienes se les entrega el poder soberano, casi a contramano de lo que proponía el contractualismo, del cual nos decimos herederos.

Ninguna política, emprendida por ningún político, que nos beneficie en forma directa o a nuestro colectivo, podría ser ajustada a la prioridad de nuestro colectivo, del cual nos podríamos decir parte. Cuando empecemos a abandonar esta perspectiva, pariremos, daremos a luz, políticos que piensen en la generalidad y en las verdaderas prioridades, mientras tanto no dejan de ser vanos y nimios reflejos de un espejo que, como en el cuento de Blancanieves, siempre nos responderá, como a la bruja, que somos los más plurales y democráticos, a costa de cercenar el verdadero o autentico sentido de esto mismo, queriendo priorizar nuestros intereses personales o facciosos, por sobre los colectivos que se puedan construir o determinar, sin nuestros condicionamientos, como condición necesaria y suficiente.

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Francisco Tomás González Cabañas

Francisco Tomás González Cabañas

Comunicador, filósofo, ensayista. Nací en el `80 cuando retornaba la democracia en mi país (Argentina). Maduré en el `01 cuando una crisis de proporciones casi se lleva puesta a esa democracia. Viví unos meses en Madrid, tengo editados 4 libros de filosofía. Dos novelas filosóficas (El Macabro Fundamento y el Hijo del Pecado) y dos ensayos de filosofía Política (El Voto Compensatorio, Redefinición del Contrato Social y La Democracia Incierta).

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