Ojalá Sherlock me calle la boca

Aviso de spoilers del primer episodio de la cuarta temporada de Sherlock. Va en serio y Samarra se alcanza con decisiones irresponsables, somo seguir leyendo sin haberlo visto antes. 

Tres años de espera sin contar con el genial especial de Navidad que le valió a la serie de Mark Gatiss y Steven Moffat aparecer en nuestra sección de las mejores series del 2016 con sólo 90 minutos de metraje. Mucho tiempo preguntándonos por qué nadie muere en Sherlock y si Moriarty retorna de entre los muertos o no lo hace. Siguiendo las palabras ya musitadas por el detective, está muerto y de eso nadie regresa (mira quién fue a hablar, pensábamos entonces). En una reunión de alto secreto y piques fraternales cuales niños, se constata la voluntad del gran archienemigo de ofrecer un último juego, uno póstumo preparado antes de morir. Un regalo para Sherlock, siempre Sherlock.

Sin duda una afirmación sugestiva aunque no precisamente reveladora —era lo más sencillo que podían sacar de la chistera—, pero que no ejerce de foco de interés en el gran meollo del episodio. A los cinco minutos, tras esos tres años de espera, nos quieren cambiar de tema y que nos entretengamos con resolver casos una y otra vez. Esta primera parte del episodio, tan adrenalínica y gustosa de sí misma, recuerda a los inicios de la tercera temporada y confirman la sensación de que Sherlock anda desmelenándose al creerse la más guapa del baile y no: ellos son buenos cuando buscan estructurar una historia, no la frivolidad por amor a la frivolidad. De esta manera, el principio únicamente sirve para dejarnos pistas (huevos de Pascua) de lo que está por venir, algo que hacen aún mejor en episodios mucho mejores como His Last Vow y The Abominable Bride.

Más adelante, en el desinterés general del caso de las seis Thatcher, se reanuda la historia de AGRA y sabemos que el pasado de Mary viene a buscarla en forma de Ajay, antiguo compañero y que quiere matarla ahora que ha abandonado esa vida y forma una familia con John y su hija Rosamund. Por supuesto, el padrino de la criatura se ofrece a protegerla contra todo, como juró: no renuncia a burlar a la Muerte que espera en Samarra, como dice la historia. Y, también por supuesto, Mary vuelve a preferir la opción freelance.

Una persecución después, y conociendo que con su equipo —AGRA— formó parte de una operación de rescate en Tbilisi que salió horriblemente mal, las dudas se vuelven ahora contra quién les traicionó. El escenario se dispone: la secretaria de lo que quiera que sea. Acuario de Londres. Una bala para Sherlock por parte de esa señora descontenta con su vida. Mary se interpone de por medio. Muere.

En un momento tan difícil resulta humanamente comprensible que Watson se vuelva contra su amigo y le acuse de fallar a su promesa, porque es lo que sucedió. La vida de la antigua espía regresa para llevársela, por más que que huyera durante años de ella. Los caminos se disponen ante nuestros ojos: que Watson acabe como esa anciana, que la muerte los devore a todos pues todos son humanos y ninguno escapa de ello tampoco, como demuestra John. Y sin embargo, esa muerte pone un mecanismo en marcha y se reanuda la amenaza Moriarty (la obviedad hasta hiere: inevitable cual parca). Mycroft hace una llamada y no sabemos qué esperar.

Nunca se consigue agradar al 100%, faltaría más, pero dudo que escaseen quienes consideren The Six Thatchers un capítulo fallido de la serie. No por el hecho de que sea el más dependiente del conjunto, sino por su pobre construcción. El forzado relleno (salvo el milagro de que cada fotograma más tarde se desvele fundamental para el normal discurrir de nuestras vidas) aburre a la par que la ambientación, tan enemiga de los matices fundamentales para la profundidad, exaspera. Las superficies no nos interesan a estas alturas y apenas recibimos de otra cosa: aprendemos la lección de que Sherlock es falible y que su relación con John es inexistente en este momento. El hecho de que en el próximo tráiler se les ve juntos ayuda a que mantengamos el sueño por la noche, menos mal. Pero esta cuarta temporada va a requerir de mucho más que sacrificios pobremente articulados y con escaso trabajo de fondo, por no hablar de la interpretación de Amanda Abbington en el momento de la muerte de su personaje. Es mejor actriz que Marion Cotillard, no debería hacerlo igual.

A día de hoy, nuestros protagonistas andan confusos, Moriarty es un fantasma más cómico que trágico y Toby Jones no hace acto de aparición. Si alguien destaca como rey del caos es Gatiss, que cada vez se supera como actor, aunque muchos lo hayan pasado por alto. Sabemos que Sherlock se enfrenta contra sus propios fantasmas, venimos de un especial al respecto, así que la repetición de pobre representación con pérdidas caricaturescas no contenta. Visitas a la psiquiatra de su Boswell, tampoco. Esperemos que se trate del The Sign of Three del 2017 y que lo bueno esté por llegar. Lo estará, pero Sherlock no debería volver una costumbre el auparse sobre episodios mediocres: emborrona el recuerdo de algo que antes era mejor. Ojalá me callen la boca.

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Raúl S. Saura

Raúl S. Saura

Raúl S. Saura es un error de la naturaleza. Escapado de un psiquiátrico, vino a anidar en el contenedor de basura que ejerce de puntual sala de reuniones de los mandamases de RAD Spain. Como con el tiempo se le coge cariño decidieron nombrarle mascota oficial y, por qué no, subdirector general. Insiste en que no ha nacido en Murcia.

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COMENTARIOS

  • […] La semana pasada ya estaba implorando que Sherlock no quedara relegado a la sucesión de esperpentos autoconscientes que Moffat y Gatiss planeaban. Como me imaginaba, y como le sucede tanto a esta uberserie como a Game of Thrones cuando pasa suficiente tiempo: tras algo mediocre preparaban algo especialmente potente. Consecuencia de alargar las series más de lo debido, cansancio de los guionistas, necesidad de relevo… you name it. […]

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