Inda, Kafka y la metamorfosis del periodismo

El objetivo ya no es para el cambio o para el progreso o para la revolución, sino simplemente para escapar, para vivir en el perímetro más alejado de un mundo que podría haber sido. Hunter S. Thompson

Cuando el economista Juan Torres abandono el plató de La Sexta Noche ante los insultos del señor Eduardo Inda, hacía ya mucho tiempo que gran parte de la audiencia había tomado una decisión similar. Al menos, gran parte de esa audiencia que entiende el debate político como algo más allá de la polémica, el sectarismo o un mero entretenimiento basura, que no llega caer definitivamente en el abismo de la prensa rosa.

Juan Torres se sumaba ese día a la lista de invitados que, de una u otra manera, sufrían las interrupciones, el acoso y el enfangamiento del debate de un individuo que, por alguna extraña razón, se siente perfectamente capacitado para alternar el cinismo deportivo y político, a partes iguales en las parrillas televisivas, al tiempo que pretende impartir lecciones de moralidad a toda voz discrepante con su dogma. Un producto propio de los mass media, esos mismos que han visto en la actualidad política el mismo filón que encontraron en los concursos televisivos, los reality o la alta cocina. Y que ahora buscan en el periodismo utilizándolo para su provecho, como tan solo un chulo sin escrúpulos podría hacerlo con las cortesanas de su propiedad.

Personalmente, he de reconocer que no me molestan especialmente del señor Inda sus sandeces o sus continuas piruetas con la legalidad y la ética profesional, bendito mando a distancia. Sino que lo hace su visibilidad y su trayectoria profesional me molesta, no por envidia, ni por una animadversión a su persona, sino por puro bochorno y lástima. Bochorno ante unos medios que al tiempo que recortan plantillas y recursos, que dejan de apostar por formatos como el reportaje de largo recorrido por el coste del mismo o que incluso llegan a convertirse en auténticos corta y pega de fuentes externas, mantienen en sus plantillas a diversos bufones mediáticos, las princesas del pueblo de la información, los reyes de la polémica. Simples productos destinados al titular, al trending topic… al beneficio económico y no social, ni cultural.

Y es precisamente en ese punto, en donde me asalta la lástima. Lástima por una profesión que enseña a sus alumnos que de nada sirve el esfuerzo o el riesgo en el oficio, de nada vale la búsqueda incesante de la verdad o el olfato ante una gran historia si al final del día las visitas de tu artículo no tiñen de negro los cada día más acuciantes números rojos del periodismo. No hay sitio para el viejo reportero en la redacción, ni para aquel periodista indisciplinado pero con casta, no hay lugar para el joven impetuoso o el legendario reportero de guerra. Ya no hay sitio para los idealistas, los estrafalarios o los auténticos escritores entre los teclados, se los ha llevado la uniformidad del mercado. Han perdido la batalla ante el cinismo.

Cuando Juan Torres abandonó el plato de La Sexta Noche muchas redacciones volvieron a sonreír. Volvió a verse humo saliendo del cenicero de los viejos despachos y, porqué no, alguna que otra botella escondida entre los cajones de la redacción. El viejo periodismo, ese mismo que algún día se conoció como Nuevo, se cobró una pequeña batalla, quién sabe si la última, eso depende de ustedes, ante los horarios de máxima audiencia, ante lo arcaico del circo moderno.

Reconozco no haber disfrutado de ese pequeño duelo entre dos maneras de entender este mundo, hace ya tiempo que del catedrático andaluz solo sé por sus libros, por su blog y por pequeños artículos y entrevistas que selecciono cuidadosamente de la red. Y es que aunque muchos aún no lo crean, existe toda una democracia informativa ahí fuera, en donde el periodismo, pese a su crisis, es legión.

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Daniel Seijo Paz

Daniel Seijo Paz

"La vergüenza es peor que el hambre", Alfonso Daniel Rodríguez Castelao. Amante de la lectura y sociólogo en ciernes. A Coruña.

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