¿Parodia o genialidad?

Si hay alguien que aún necesite el aviso de SPOILERS al entrar a artículos de este tipo, debe de haber despertado de un coma o algo así. Bienvenid@s al futuro. 

Se llegó a repetir en tantas ocasiones que resultaba un cliché más para la galería: qué breves se hacen las temporadas de Sherlock, y cuánto merecen la pena por más que pasen años entre una y otra. La dinámica funcionó bien, la prueba está en que el especial The Abominable Bride ocupó un puesto entre Nuestras series del 2016. Sin embargo, lo de este año ha sido, cuanto menos, controvertido. Muchos han acusado a la nueva tanda, cuarta y puede que última, de excesivamente oscura, plagada de acción al estilo Bond y de desdibujar por completo la herencia literaria de Arthur Conan Doyle. Algo, esto último, a lo que el creador Mark Gatiss (Mycroft Holmes) respondió sardónicamente en verso con un amor y satisfación por su obra un tanto arrogante por más brillante que fuera. Por un momento se confundió con su propia criatura.

Dejando estas polémicas atrás, se trata de una realidad innegable: hemos visto un nuevo Sherlock, uno más humano, uno más emocional. Ha habido abrazos, muchos abrazos. La cuestión es, ¿qué esperaba la gente? ¿Qué imaginaban? Ya en la tercera temporada, cuando nuestro protagonista retornaba de la tumba, cuando la serie se convirtió en un fenómeno de masas mundial solo comparable a The Walking Dead y Game of Thrones, ya dio evidentes muestras sobre un giro. Un antes y un después que se estaba produciendo: empezando con la tercera tanda, la de transición, y continuando con el especial y con la última temporada. Desde entonces hemos visto una Sherlock ahondando en la relación entre el detective (Benedict Cumberbatch) y su fiel John Watson (Martin Freeman), reflejando la vulnerabilidad y fortaleza de nuestro protagonista fruto de esa amistad. Hemos asistido a momentos de duda y recogimiento en sí mismo como con The Abominable Bride, y muestras de cómo es capaz de condenarse por aquellos a los que quiere (His Last Vow). Y este año hemos seguido viendo de eso.

Otros aspectos merecen menos elogios; por un lado resulta fascinante el estudio psicológico de una mente brillante, por el otro no han agradado nada los altos niveles de autoparodia que el show ha abanderado. La fama y renombre le han sentado fatal: se vio en The Empty Hearse (qué graciosos somos porque somos Sherlock…), en The Sign of Three (… y de tan buenos que somos solo con Sherlock hablando ya tenemos un episodio…) y en menor medida en The Abominable Bride (… por más perdonable que sea tratándose de un sueño fruto de la drogadicción, hay que ver qué gusto de conocernos tenemos en esta serie). Pero lo de ahora ha podido con todo. Si a The Six Thatchers ya le teníamos que unir que de repente Sherlock fuese 007 —un tanto extremo así de repente—, lo que pasó tanto ahí como en The Lying Detective y The Final Problem sobrepasó ampliamente la línea. La autoconsciencia se presta a un juego interesante, eso lo sabemos desde El Quijote, pero lo de los matices se les olvidó por completo. La otra cara del character building que decía antes.

Ergo, todos y todas hemos ganado y perdido algo con el giro de esta serie. Un giro, vuelvo a insistir, que ya se venía gestando de atrás. Lo cual no impide juzgar esta tanda intrínsecamente y decir que The Six Thatchers fue torpe y simplón, y que The Lying Detective ejemplificó lo bueno y lo malo de esta nueva (puede que última) etapa, aunque contó con un malo estupendo (Toby Jones) atrapado de una manera bastante simple. Lo de The Final Problem merece un plano aparte: el capítulo anterior fue un ir y venir como ya escribí, una montaña rusa, la season finale nos trajo un torbellino de emociones, recuerdos y contradicciones sobre el significado de la fraternidad. La serie cargó con su pasado a cuestas, con Moriarty (Andrew Scott) y Mary (Amanda Abbington), despejando la gran incógnita: Miss me? Y tardar tres episodios para decirlo fue jugar demasiado con el fandom, pero atajaron el tema de una vez. Una hermana Holmes secreta (fantástica Sian Brooke) se alió con Moriarty para gestar el problema final tras la muerte de este.

Un episodio turbulento, complejo, sobre supervivencia y de nuevo cambiando la temática de la serie: de Conan Doyle a Fleming hasta llegar a Saw. A mí personalmente no me ha molestado en exceso el vaivén de los últimos tiempos, sí y bastante la autoparodia. Sherlock perdió cuando creyó suficiente decir Sherlock. En cualquier caso, los dos últimos episodios han rescatado una temporada del desastre; el final ha resultado constructivo, cerrado con buena voz en off y dispuesto a permanecer el relato como está en caso de no haber ninguna continuación. Aunque eso está por verse: Moffat y Gatiss han expresado continuamente que quieren seguir con la serie mientras consigan los actores encontrar un hueco en sus agendas. No es poco, la verdad, pero sí se antoja que lanzan Sherlock hacia una etapa de episodios especiales desperdigados por la parrilla erráticamente. Sin duda, hablamos de una solución más sencilla que rodar una quinta temporada, después del gasto en capital humano que acabamos de presenciar. Hemos alcanzado el final del camino hacia la identidad de nuestro protagonista, probado su amistad con Watson en casos de la mayor de las necesidades, aprendido mucho más sobre la estrella en ascenso de Mycroft… hasta de Mrs Hudson. Sherlock ha dado tantas vueltas que normal que varios se hayan ya mareado, continuar resulta más complicado que nunca tras conocer unas cumbres tan altas. Y los creadores responden a ese desafío peor de lo que ellos mismos creen.

Con todo eso dicho, parece que hemos cerrado un glorioso y divertidísimo capítulo en la historia de la televisión con esta serie: no resultaría sabio estirarla, más allá de los especiales de cortesía (hacia Irene Adler, por supuesto). Aunque siempre consiguen sorprendernos. Entiendo la añoranza por los casos de pipa y periódico, pero el viaje ha sido tan tonificante y el crecimiento personal tan acuciado, que no nos queda lugar para la queja histérica. Si acaso un sano debate sobre las muchas tonalidades de lo maravilloso. Genialidad o parodia, el tiempo tanto lo responderá como lo probará absurdo. Sherlock ha sido una grata compañía. Salud.

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Raúl S. Saura

Raúl S. Saura

Raúl S. Saura es un error de la naturaleza. Escapado de un psiquiátrico, vino a anidar en el contenedor de basura que ejerce de puntual sala de reuniones de los mandamases de RAD Spain. Como con el tiempo se le coge cariño decidieron nombrarle mascota oficial y, por qué no, subdirector general. Insiste en que no ha nacido en Murcia.

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