La democracia mágica

El término magia proviene de una raíz persa, que significa “tener poder”. Esta acepción se constituyó, no casualmente, en la piedra basal, de una forma de interpretar el mundo, que se dio en llamar “mágico-animista”. Los hechos de la naturaleza (condiciones meteorológicas, tiempos de oportunos de siembra y cosecha) como los que afectaban al hombre en su ser más íntimo (salud, reproducción, muerte) eran decodificados, interpretados o leídos por unos pocos, por quienes conocían, mágicamente, los sucesos acaecidos. Chamanes o magos, eran los seres que, escogidos por un demiurgo (no casualmente es una acepción platónica que referencia al creador o hacedor), un prestidigitador o hasta un genio maligno, depositada, arbitrariamente, casi dinásticamente, el poder en unos pocos a los que la comunidad les debía responder social y políticamente.

Esta concepción de la humanidad generaba este acto mágico, que se traducía en el poder en unos pocos. En que, lisa y llanamente, las reglas de juego eran sólo conocidas por estos y los demás están subsumidos a este poder, a este conocimiento. Precisamente, el conocimiento, es decir, el paso de la humanidad, a una visión o cosmovisión lógico-racional mediante el método científico determinó que algunos más podían conocer esas reglas de juego, a las que se accedía a través de un método, en el que no necesariamente sólo podían participar los elegidos.

El mundo, pleno medievo, se tensionó ante este cambio de paradigma. Hasta la aparición de la imprenta, el atesoramiento en los monasterios (la idea de atesorar en monasterios es de vieja data) del saber se constituía en el patrimonio de seres, también vinculados especialmente con un dios que les dotaba de la posibilidad de conocer. Aquí se expresó la ruptura sustancial. El conocimiento, es decir las reglas de juego, el tener poder, podía ser adquirido, había dejado de ser otorgado por razones discrecionales o mal llamadas mágicas.

La popularización, o el mayor acceso a los libros mediante la imprenta, significó la democratización no sólo del conocimiento, sino de las sociedades. No es casual que uno de los principales libros de la ciencia política moderna, El príncipe, se haya escrito en este apogeo. Sin embargo, en Latinoamérica la llegada de los libros, de la cultura, produjo también la llegada de una perspectiva que se dio en llamar Realismo mágico: una suerte de vida occidental en sus límites, en sus bordes o pliegues, casi en su consideración inverosímil. El realismo mágico cosechó relatos de una imaginación inescrutable que forjaron una corriente cultura y literaria. Sin embargo, hasta ahora nadie había dado cuenta que también genera una perspectiva política, una democracia mágica que no cumple, ni pretende hacerlo, aquello que promete.

“La democracia y el desarrollo económico y social son interdependientes y se refuerzan mutuamente. La pobreza, el analfabetismo y los bajos niveles de desarrollo humano son factores que inciden negativamente en la consolidación de la democracia. Los Estados Miembros de la OEA se comprometen a adoptar y ejecutar todas las acciones necesarias para la creación de empleo productivo, la reducción de la pobreza y la erradicación de la pobreza extrema, teniendo en cuenta las diferentes realidades y condiciones económicas de los países del hemisferio. Este compromiso común frente a los problemas del desarrollo y la pobreza también destaca la importancia de mantener los equilibrios macroeconómicos y el imperativo de fortalecer la cohesión social y la democracia.” (Artículos 11 y 12 de la Carta Democrática Interamericana, 11 de septiembre de 2001)

La Carta Democrática Interamericana es un documento aprobado y firmado por los miembros de la Organización de los Estados Americanos en la ciudad de Lima, Perú, en la asamblea general de esa organización celebrada el 11 de septiembre de 2001. La Carta Democrática consta de 27 artículos y está dividida en 6 capítulos. En caso de que pueda ser tildada de subjetiva, de poco concisa, incomprobable en forma fehaciente, o alejada de la posibilidad de ser medida con rigor científico, consultemos las publicaciones de organismos internacionales:

“América Latina presenta actualmente una extraordinaria paradoja. Por un lado, la región puede mostrar con gran orgullo más de dos décadas de gobiernos democráticos. Por otro, enfrenta una creciente crisis social. Se mantienen profundas desigualdades, existen serios niveles de pobreza, el crecimiento económico ha sido insuficiente y ha aumentado la insatisfacción ciudadana con esas democracias —expresada en muchos lugares por un extendido descontento popular—, generando en algunos casos consecuencias desestabilizadoras”. (PNUD, Ideas y aportes. La democracia en América Latina. Hacia una democracia de ciudadanas y ciudadanos, Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, Panamericana Formas e Impresos, S. A., Colombia, 2004, p. 9.)

En caso de que nos sigan abordando dudas, vacilaciones, y estemos tras estos márgenes del mundo, segura y probablemente, si es que la pobreza no es dueña de nuestras calles, lo será de nuestro vecindario o como algo muy lejano, solo a un puñado de kilómetros de distancia se nos hará presente con su contundencia y extensividad. Poblando y repoblando, aquellas inquietudes que nos hicieron hesitar para no tomar cartas en el asunto y dejar a la indiferente providencia que haga algo por aquellos por quienes nada hacen.

La cuestión es que la firma de constitución, de redacción y de acuerdo de una carta democrática entre estados parte, genera la posibilidad de un accionar jurídico-político en caso de esta o partes sustanciales de la misma no se cumpla o no se ejerza. En una perspectiva comunicacional, cuando se dan ciertas desinteligencias entre estados americanos se escucha con mucha insistencia la frase de Activar la carta democrática lo que en buen romance, o en términos de la realpolitik sería aplicar la punibilidad a quienes violan, transgreden o incumplen lo dictaminado por la carta, tanto en letra como en su espíritu.

El problema se constituye no solo como problema político o de política internacional, sino también de lógica cuando todos y cada uno de los firmantes de tal documento ultrajan los artículos citados en relación a la inviabilidad de lo democrático bajo el yugo de la pobreza, creciente, acuciante, y a la que pasiva o cómplicemente no combaten. Caemos en cuenta en que estamos dentro de la paradoja de Epiménides. Se atribuye a Epiménides haber afirmado: todos los cretenses son unos mentirosos. Sabiendo que él mismo era cretense, ¿decía Epiménides la verdad?

Desde ya que la lógica no ocupa nuestra preocupación central, sino la política, profundizando la cuestión democrática en América, y específica y particularmente, como aplicarnos la carta democrática para que los estados parte cumplan con lo que incumplen para que tengamos algo parecido a la democracia o a lo que referencia o valora, los valores democráticos. Nuestra resolución ciudadana es que apliquemos nuestra propia carta democrática ante el incumplimiento flagrante de la misma de un modo como el siguiente:

Ante todas y cada una de las manifestaciones sociales, en los diferentes lugares del globo en donde prevalece por la fuerza de la normativa impuesta por la dialéctica emanada de las asambleas de representantes la formalidad democrática, en nombre de nuestra condición humana, que no está, ni debería estarlo, tutelada por ningún organismo que se jacte de asumir esa representación, manifestamos y proponemos el siguiente curso de acción a los efectos de dar un mensaje, claro, prístino y contundente a la clase política, al grupúsculo de notables que tiene tomada, cual si fuésemos cautivos a la delegación de soberanía que, inercialmente, cedemos o la que nos someten, para legitimar este sistema en donde el esfuerzo lo hacemos los más, en beneficio de esa facción que son los menos. Estos, bajo el juego de oficialismo/oposición, van rotando el manejo puro que a su vez esconde por detrás a sectores de poder (cual monjes negros) y que por tal razón de ser no puede, ni podrá, ni defender nuestros derechos vulnerados, ni mucho menos promoverlos, sobre todo aquello que propugna la inviabilidad de vivir bajo un estado  democrático, sin atacar o combatir los extensos bolsones o guetos en donde millones de seres humanos están hacinados en la marginalidad de la pobreza.

  1. Abstención sucinta de los procesos electorales en donde se lleven a cabo. En los lugares en donde la no participación sea penalizada se promoverá una acción de amparo y una acción de inconstitucionalidad para que la participación política, en el tramo electoral, no sea obligatoria y en el caso de que la misma no prospere, que la efectividad de la sanción quede en abstracto o sin poder ser ejecutada.
  2. Manifestación expresa y explícita de la no participación en la convocatoria electoral, por no querer ser parte del simulacro democrático en donde por intermedio de esta ratificatoria pretenden esconder todas y cada una de las graves falencias de un sistema que tiene como eje de funcionamiento el dejar vastos y extensos bolsones, guetos, estados de excepción en donde miles, en verdad millones, de seres humanos perecen por no tener acceso a los alimentos indispensables para sobrevivir.
  3. Utilizar todas y cada una de las plataformas de comunicación para que este accionar pueda ser conocido, compartido y socializado, por todos y cada uno de los ciudadanos del mundo, que piensen y sientan que por intermedio de las claves políticas actuales, que mediante el actual sistema se dan en llamar democrático, son conculcadas y socavadas no solo la posibilidad de los millones señalados de que puedan comer, sino la esperanza de otros tantos que creíamos tener en nuestras vidas la expectativa o el sentido de perseguir un mundo mejor para todos.

Todas y cada una de las obligatoriedades, so pretexto o so pena de penalidad en caso de no cumplimiento que exige el estado para con cada de uno de nosotros estarían justificadas en caso de que tal estado conformado llevara a cabo sus acciones en forma medianamente razonable. Si no expresamos en forma contundente que no estamos de acuerdo con un sistema de organización política que requiere el sometimiento de gran parte de la población que gobierna a un estado de pobreza y marginalidad, entonces estamos siendo cómplices del mismo, y las obligaciones, sean impositivas, policiales (ser convocados por la fuerza pública para oficiar como testigos ante un hecho delictivo, o concurrir a los tribunales en caso de que tengamos abierto un proceso judicial) educativas o sociales, se mantendrán o irán en el aumento sin que los resultados varíen.

Creemos que si no lo proponemos de este modo civilizado, por escrito, cultural, las mayorías que están quedando afuera de esta fábula democrática encontrarán un modo de organizarse y nos harán sentir el grado de su disconformidad de la forma que les salga y de la manera que sientan; no pretendemos aventurar de qué modo será, confiamos, esperamos y anhelamos que tal día nunca llegue ni suceda. Para lograr este fin, la difusión de este documento es clave.

De lo contrario, si continuamos viviendo bajo estos términos, no seremos más que eternos personajes de un dios o demiurgo que se maneja bajo criterios literarios de un realismo mágico que nos condenan a una democracia mágica.

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Francisco Tomás González Cabañas

Francisco Tomás González Cabañas

Comunicador, filósofo, ensayista. Nací en el `80 cuando retornaba la democracia en mi país (Argentina). Maduré en el `01 cuando una crisis de proporciones casi se lleva puesta a esa democracia. Viví unos meses en Madrid, tengo editados 4 libros de filosofía. Dos novelas filosóficas (El Macabro Fundamento y el Hijo del Pecado) y dos ensayos de filosofía Política (El Voto Compensatorio, Redefinición del Contrato Social y La Democracia Incierta).

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