Juego de tronos

Existió un tiempo en el que desde Podemos se nos lanzaba el mensaje de que su partido no era “ni de derechas, ni de izquierdas” sino transversal; una especie de partido para todo, capaz de canalizar la indignación y la rabia, fruto de un país con una situación social y económica realmente insostenible para las clases más desfavorecidas del mismo. Y quizás, realmente durante un tiempo, lo lograran. Al menos, lo lograran con aquellos ciudadanos, no pocos, que se encontraban profundamente desencantados con las continuas desbandadas a las que la izquierda tradicional los tenía acostumbrados. Durante un tiempo, en el partido de Pablo Iglesias las cosas parecieron hacerse de otro modo. Viejas reclamaciones para una nueva izquierda, para nuevas formas. Pero todo eso ha terminado por desvanecerse. Muchas cosas han cambiado desde aquel primer Vistalegre, en donde la fuerza del cambio que suponía Podemos celebraba una asamblea constituyente que definiría los primeros pasos de un partido que se decía “quería tomar el cielo por asalto” De aquellas primeras caras que asumían la responsabilidad de un reto que podría dar vértigo a cualquiera: Carolina Bescansa, Luis Alegre, Juan Carlos Monedero, Tania González… tan solo las de Pablo Iglesias e Íñigo Errejón siguen actualmente activas en  la dirección de Podemos, y serán finalmente los 456.443 inscritos con derecho a voto quienes decidan quién será el particular Connor MacLeod de la formación morada.

Llegamos a Vistalegre II con la sensación de tener el paso cambiado, una sensación rara e incomprensible. Como si en nuestro fuero interno algo nos dijese que una asamblea que debiera servir para definitivamente definir el rumbo de una formación política se hubiese transformado, sin que nadie termine de apuntar muy bien el motivo, en una pelea de gallos, un juego de nombres o, porqué no decirlo de una manera más gráfica, en el típico “a ver quién la tiene más larga” del debate político de la izquierda española de toda la vida (siento una referencia tan machista y ordinaria, pero la política en nuestro país, por desgracia, sigue siendo así, incluso la política del cambio).

No vamos a saber tras Vistalegre II si la formación morada terminara por definirse como republicana o no, no descubriremos cuáles son sus planteamientos definitivos en materia económica o política, ni si la apuesta por una distribución territorial determinada en nuestro país podrá también definir las relaciones del partido con las diversas formaciones con las que ha tejido sus alianzas electorales. En la asamblea de Vistalegre no se discutirá ninguno de estos puntos, al igual que no se hablará de muchos otros temas que, seguramente, tendrían un peso mayor en el futuro inmediato de los votantes de Podemos que el que un simple pulso entre facciones pueda llegar a alcanzar, al menos a corto plazo.

Pero no nos equivoquemos: entre toda esa amalgama en la que se vota por separado a 62 miembros de la dirección, 10 miembros de Garantías, cuatro tipos diferentes de documentos y cuatro representantes de los círculos, el objetivo principal parece claro: bajar del trono de la izquierda a Pablo iglesias. Probablemente podría llegar a afirmar sin conocerlo personalmente; pero sin miedo a equivocarme, que a Íñigo Errejón nunca le ha gustado demasiado eso de asaltar el cielo, y que ni por asomo cabría la posibilidad de que las manos del politólogo madrileño pudiesen acabar de ninguna de las maneras manchadas de cal en el fragor del debate parlamentario. Íñigo es más de escritorio que de hospital de campaña, más de Sabina que de Eskorbuto, más de temporizar que de arriesgar y eso está bien, no tiene porqué ser malo para la política de un partido, pero inevitablemente tiene sus consecuencias.

Cuando uno escribe sobre la guerra desde un escritorio en lugar de hacerlo desde el propio campo de batalla, las balas no llegan a rozarlo. Uno no se enfrenta a grandes titulares con su nombre inmerso en toda clase de conspiraciones cada semana, ni pierde amigos o relaciones por culpa de la tensión de la guerra. Cuando uno cubre un conflicto desde la seguridad de su escritorio, existe tiempo para las metáforas, para los adornos y para cuidar la prosa con la que nos vendemos al exterior. Existe tiempo para intentar agradar, un tiempo que, inmerso en el fragor de la batalla, resulta poco menos que imposible. Cuando uno se sumerge en el día a día político, y lo hace desde la dirección de una formación que ha nacido con la intención de declararle la guerra a los poderosos, no existe tiempo para las metáforas o la retórica, uno vive su día a día como un Vietnam intelectual y personal, sin tiempo u oportunidades para tender la mano a quien apenas se molesta en ocultar el puñal con el que piensa traicionarte.

Dicen los errejonistas y el propio Errejón que, de imponerse en Vistalegre II las tesis de Pablo Iglesias y de su equipo, las posibilidades de ganar al PP se desvanecen; lo desconozco, pero personalmente soy de los que opinan que la moderación promovida por sus partidarios en las sucesivas campañas no ha contribuido precisamente a lograr ampliar la fortaleza de la izquierda, sino todo lo contrario. Pero si realmente el señor Errejón mantiene esa firme convicción, la alternativa se antoja clara: opte usted al liderazgo. Y hágalo con firmeza, pese a no haberlo hecho antes. Pese a no haber liderado el partido en sus primeros pasos, cuando el éxito o el fracaso podía ser enorme, cuando los primeros resultados llamaban a su puerta como un toro desbocado difícilmente controlable o cuando las alianzas y los pasos a dar no estaban claros para nadie. Hágalo, si realmente considera que el partido ha comenzado a perder el rumbo pero, si lo hace, debe ser claro con todos nosotros, con usted mismo y especialmente, debe ser claro con Pablo Iglesias. Al fin y al cabo, se lo debe.

No tendría razón alguna el actual líder de la formación a la que ambos pertenecen para molestarse por un pulso de poder sincero, un pulso en el que postulados y liderazgos se expusieran abiertamente a debate ante una militancia, que sin duda lograría hacer de una experiencia semejante un acto enriquecedor para el partido. Lo contrario supone un engaño y, siento decirlo, un desprecio para el señor Iglesias. ¿De veras quiere convencernos de que una personalidad como la de Pablo Iglesias podría defender un proyecto político en el que no cree?

Llega el domingo, y con él una asamblea con las espadas en todo lo alto y en la que, pese a las buenas palabras, solo puede quedar uno. Sabina o Eskorbuto, Iglesias o Errejón, pero después de todo esto no podrá seguir existiendo un liderazgo compartido. Pero si algo parece quedarnos al menos claro es que tras una campaña con tanta basura en las redes y en los medios, Podemos debiera definirse definitivamente como un partido de izquierda. Puede que una izquierda nueva en las formas pero, sin duda, heredera en los modos de la típica izquierda fratricida de toda la vida.

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Daniel Seijo Paz

Daniel Seijo Paz

"La vergüenza es peor que el hambre", Alfonso Daniel Rodríguez Castelao. Amante de la lectura y sociólogo en ciernes. A Coruña.

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