La gente tiene los gobiernos que se le parecen.

Parados en la perspectiva de que; Cada pueblo tiene el gobierno que se merece perteneciente a José de Maistre atribuida erróneamente a Maquiavelo, ha sido perfeccionada por André Malraux, con la frase que usamos como título. Desde que algunos resultados electorales,  le brindaron sorpresa a la corporación de politólogos y analistas especializados (continuando con las citas, refrendando la afirmación de Karl Kraus; La democracia significa poder ser esclavo de cualquiera) buscamos razones, forzándolas a que nos las brinden desde estos fenómenos (por los políticos triunfantes que esa corporación, o por esa minoría que nos somete bajo sus consideraciones, creía que no podían serlo) que en verdad son expresiones, fotografías, instantáneas, reflejos, de lo que piense, cree y siente, una porción mayoritaria de las comunidades occidentales.

Analizar políticamente resultados electorales e inferir mediante ello la ideación de un determinado colectivo, debería ser el espacio en donde detengamos las consideraciones quiénes nos dedicamos a esto, avanzar sin embargo, en una suerte de pedantería del deber ser vanguardista en el que muchos se parapetan, alegando cataratas de argumentaciones de índole progresista o defensora de los derechos humanos, es una antojadiza pretensión que linda con un absolutismo tutelador que generará un efecto contraproducente.

Entrar en este tipo de disputas, de micromundos acotados, de facciones que terminan planteando guerras de egos, ha sido el campo de un libro de Pierre Bordieu; El Homo Academicus. Nuestro propósito, sin embargo, es del prestar atención a todo aquello que sucede dentro del significante de lo democrático. Especialmente en las circunstancias electorales, que es por antonomasia el clímax de la democracia. Considerar el éxito en votos, más allá de que ganen concretamente, de personalidades, signadas o caracterizadas, por nuestras minorías mediáticas, como extremas o pertenecientes a posturas radicalizadas, será nuestra finalidad. Creemos que para tal cometido, debemos escuchar lo que sucede, antes que lanzarnos a catalogar, señalar y vindicar, para que nuestras teorías sean ratificadas o rectificadas. Esta metodología se usa en la academia. Como todos los ámbitos estandarizados, la academia, como el espacio laboral, sindical y hasta familiar, no son espacios democráticos, ni mucho menos. La calle, las plazas, el ágora pública al menos se define, tal vez porque a nadie le interese reinar u objetivarla para sí, como propia, pretende seguir como espacio público en donde todo sigue sucediendo.

La voz política democrática no es la voz de la tierra, de la patria y ni siquiera la de una clase (dirigente, media u obrera), sino la respuesta a una apertura, a un espaciamiento del lugar político en las calles y en las plazas. Es una sonoridad que mide un espacio, que permite a la calle comprender la amplitud de su propio estrépito, captar su propia polifonía disonante: siempre una voz más, una más, serie infinita… la democracia no es lo que puebla el vacío, no es la fuente que dispensaría una nueva significación del mundo. La democracia es más bien el espacio vacío para una convocatoria; una plaza en que hacer resonar la voz política, cada voz singular y todas las voces. La democracia no debe saturar las plazas [places], sino que debe hacer espacio [place] para los que aún no tienen espacio [place] propio, es decir, para los que todavía no tienen una voz política, sino sólo un timbre, tonos, líneas rítmicas, una presencia, una realidad. (Ferrari, F. “Comunidad y  Nihilismo en torno al pensamiento de Jean-Luc Nancy”. Revista Pléyade. 2011).

Sí es que nuestras plazas, o espacios públicos, no encuentran a estos representantes que se dispongan a escuchar, compartir, interpretar y comulgar con estas voces (a las que la democracia les asegura la posibilidad que asistan, sin que sea esto mismo sea ni mucho más ni mucho menos) estos políticos que auguren la posibilidad de la posdemocracia , de profundizarla, de redefinirla, de resignificarla, no faltará quien proponga que como nadie asiste a esos espacios públicos, y los que lo hacen no encuentran más que mentiras o promesas incumplibles, no es necesario que salgamos de nuestros hogares, de nuestros ordenadores (que cada vez más nos ordenarán), garantizándonos para ello que en un pequeña parcela de tierra, podríamos fundar, o refundar nuestro país, nuestro Estado-Nación, en donde, cualquier cosa que nos ocurra, hasta las lógicas e inevitables, será siempre, responsabilidad o culpa, del otro, del vecino, a quién siempre le encontraremos alguna veta, sobre todo estética, como par estigmatizarlo.

Este es el debate que nos estamos dando en Occidente. A esto suena la democracia actual. Veremos, o mejor dicho, escucharemos, sí las voces serán comprendidas, sí es que nosotros las queremos decir en tal destino, o sí callamos (que no es solo  por lo silente, sino también el callar podría ser repetir las consignas autómatas, pensadas hegemónicamente por facciones que no quieren escuchar, siquiera que las plazas sean espacios públicos a llenar) para que el grito, sea de dolor o de alegría, se confunda con la partida del alma del cuerpo, de la libertad que el sometido rehúsa a utilizar, perdiendo su condición de humano, de ser social y de animal político.

Mientras tanto, desde nuestra faz ciudadana, o partícipe del espacio en el cuál somos lo que podemos, encontramos como posibilidad el poder escucharnos más. La comprensión, que precisan nuestros más cercanos, sin que elevemos una caracterización o mucho menos una evaluación de lo que hacen o dejan de hacer, la actitud condescendiente para con ellos, es la clave para comprender aquello que nos sucede colectivamente.

Una de las razones de nuestras incomprensiones tiene que ver con esta suerte de torre de babel, en donde hemos abandonado o la ninguneamos, la sometemos a escarnio y difamación, a la lectura, a la comprensión de lo escrito, como el testimonio del logos o la razón ejercida. Lo que queremos expresar, es que, está suerte de festival vanidoso de la época de la imagen, de la multiplicación al absurdo de lo inexpresivo de una foto o instantánea que encarcela el tiempo y la libertad y que nos conduce a la persecución estúpida, de pulgares arriba (cómo en los tiempos del Imperio Romano, en donde esta gestualidad significaba la vida para el gladiador y el pulgar hacia abajo su muerte) en la cosificación de amasar y acopiar, elementos, efímeros e innecesarios que sólo nos conducen a engolosinar nuestro ego, y cegarnos en la posibilidad de mirar al otro, tiene como elemento primordial, como batalla madre y primigenia, que no leamos, para que no razones y simplemente seamos autómatas; esclavos de nuestros instintos más irracionales y despresurizados de nuestras características humanas más fundamentales (esto se observa claramente en las producciones cinematográficas, que auguran un futuro en donde somos esclavizados, por una inteligencia artificial que creamos para que satisfaga nuestro egolatrismo, al costo de qué dejamos de pensar por el temor de que no se nos garantice que seamos felices mientras lo hacemos).

Leemos y en esa lectura, nos comunicamos con quiénes no están o no conocemos, pero que forman parte de lo humano, y que refieren, en esa comunidad de lenguaje o de comunicación a algo en donde podemos departir, con cierta lógica o sentido común. Dado que se apunta a que esté bien que no se lea, para algunos la palabra poder por citar un ejemplo, puede significar golpear a otro, entonces, prescindiendo de las lecturas, dejamos de lado el piso común, cómo para seguir en la comunidad y con ello entendernos y más luego ponernos de acuerdo  (está es una de las razones, por lo que en diferentes países, se habla, de que los ciudadanos no se entienden, están enfrentados o viven en una grieta confrontativa, culpan, erróneamente a políticas agonales que propician esto como método, sin embargo tiene más que ver con el babelismo del que referimos anteriormente).

Sí no tenemos la actitud silente como para comprender previamente, porque hacemos o pretendemos hacer las cosas (el estado que se precisa para leer, para reflexionar o para escuchar al otro) no nos quedará más que escuchar los gritos. Cuando estos resuenan, fuerte e incansablemente, además de que provienen como reacción, con una carga de bronca y animadversión, muy difícilmente contengan elementos razonables.

El grito violento, producto de que no encontró el espacio previo para ser razonado en sus causas, es una manifestación contundente del preludio de la violencia. Por más que esté ratificada en las urnas, no deja de ser una similitud asombrosa de nuestra reducción a cierto primitivismo, en donde instintivamente, seguimos al Alfa de la manada, que como característica principal posee el desandar de un apostolado violento en donde salvo él y su facción, el resto es el enemigo, a vencer, a someter a dominar.

 



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Francisco Tomás González Cabañas

Francisco Tomás González Cabañas

Comunicador, filósofo, ensayista. Nací en el `80 cuando retornaba la democracia en mi país (Argentina). Maduré en el `01 cuando una crisis de proporciones casi se lleva puesta a esa democracia. Viví unos meses en Madrid, tengo editados 4 libros de filosofía. Dos novelas filosóficas (El Macabro Fundamento y el Hijo del Pecado) y dos ensayos de filosofía Política (El Voto Compensatorio, Redefinición del Contrato Social y La Democracia Incierta).

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