La Democracia Insumisa o las balas a las elecciones en Francia.

Francia elegirá Presidente dentro de pocas horas. La escena se vuelve a poblar de atentados que matan a pocos pero que lastiman a millones, simbólicamente. Como ocurriera en España, la acción criminal es un tiro por elevación al sistema mismo y su faceta, representativa o democrática. Más allá del pavor o del aturdimiento, como del dolor, la reflexión nos invita siempre a pensar, a la mirada larga, a nuestros problemas que son profundizamos, extremamente por violentos que lo único que pretenden es llevarnos a donde habitan, a sus tórridos extremos. Tal como en cualquier democracia occidental, el categorial colectivo como nombre del país, pueblo, gente, ciudadanía, vulgo o mayorías, se usan en detrimento de lo que podría elegir el soberano, o cada uno de ellos, pues en verdad esta es la trampa, la posverdad (ahora que el término está de moda), el enredo al que nos somete la quimera democrática. No existe elección posible real, sino más bien la adaptación, la sujeción a reglas preestablecidas, una suerte de limitación kantiana, mucho más acotada, evidente y liminar, en donde y sobre todo en Francia, por esos ideales pos revolucionarios, de igualdad, libertad y fraternidad, sólo se podrá elegir entre la hija de un xenófobo (quién comprobara sí esta patología es también hereditaria) la izquierda agonizante, la centroderecha en pañales o los insumisos que tienen más prensa, más show, generan más expectativa de lo que son, que se paran en las antípodas de lo democrático, o en su límite y son la expresión más cabal de lo que dicen querer transformar o cambiar radicalmente. El supuesto cambio más contundente, más rabioso, más llamativo, como más jacobino, es más dosis de democracia a la democracia, más imprecisión a la incertidumbre, más promesa de la promesa, una suerte de reducción al absurdo de la democracia en nombre de ella.

“La política está cargada de signos y sentidos, pero carece de ellos vista desde el exterior, no hay nada que la pueda justificar a un nivel universal (todas las tentativas de fundamentar la política en un nivel metafísico o filosófico han fracasado). Absorbe todo lo que se acerca a ella y lo convierte en su propia sustancia, pero ella misma no es capaz de convertirse o reflejarse en una realidad superior que le pueda dar sentido”. (Baudrillard, J. “El intercambio imposible”. Editorial Galilee. París. 1999. Pág. 12.)

Transcribir el nombre y apellido de los cuatro franceses, que van por la Presidencia sería más que un despropósito, una provocación. En caso de que realmente sea de su interés, no lo debería ser, si ni siquiera probablemente usted sepa el nombre de los concejales de su Ciudad, de sus Diputados, de los ministros que gobiernan su provincia y los que administran su Nación organizada por reglas que usted aprueba tácitamente, pero también desconoce, los medios de comunicación, en su irreflexividad (a decir de Oscar Portela) lo pondrán como la notica del domingo que en la Galia se vote. De allí bajará (el término es el mismo que utilizan los políticos para señalar, cuando están en cargos jerárquicos, que visitan, en verdad debería ser tomado como parte de sus obligaciones, barrios bajos, marginales o pobres, remembranzas semánticas de cuando los dioses griegos bajaban del Olimpo para mezclarse con los humanos) la noticia, la información, será traducida, a nivel idiomático, como conceptual, por no más de dos miradas, muy rápidas, muy sucintas, y a lo sumo, en el mejor de los casos, sí es demasiado su interés, compartirá alguno de estos informes lavados en su red social, le dará me gusta en su cuenta, y sus amistades seguirán teniendo la perspectiva de que usted es una persona culta, leída, con otro nivel y mirada larga.

Más allá de que algo así suceda o lo, otra cosa irá sucediendo y que probablemente tenga menos focos encima como para narrarlo, comentarlo o socializar tal información, que como si fuese poco, es nada más y nada menos, la cosa pública del gran público, el estado real de nuestras democracias occidentales. La letra chica del contrato social que cada vez dice cosas tanto más impensadas a medida que pretendemos entender sus cláusulas más leoninas y rebuscadas.

Por esto mismo tampoco tiene sentido que transcribamos los nombres de los franceses en cuestión. En el nombre de la democracia, la subjetividad se pierde en una inmensa marea de buenas intenciones y de expectativas generadas, que ahora en Francia, los más creativos, la bautizaron como lo insumiso. No muy lejos de la Galia, meses atrás, la posibilidad había cromado en el violeta de Podemos, incursionó como Cinco estrellas en Italia y se reprodujo como teatro masivo en Serbia.

Lo interesante es que la opción a esta reacción, irreverente y sediciosa (que como afirmamos en verdad no es tal, sino solo en sus formas, es lo más radicalmente democrático desde su acepción menos concreta y efectiva que posee una definición actual de democracia), son los oficialismos o las perspectivas de cuño más ortodoxo, que también maquilla cierta rebeldía contra el costado más clásico de la política, pero hace uso de las formas más autoritarias del poder (el costado más fáctico de la política, más duro, menos versátil, más contundente y ordenador) ejemplos recientes son las elecciones ganadas por Trump y Erdogan.

Lo insumiso entendido como travieso, como turbulento, como indómito como reaccionario, puede cosechar, de hecho lo hace, adhesiones varias y múltiples que hacen foco en un sector más bien joven, que brinda movimiento (ganan las calles, acampan, manifiestan) y versatilidad dos punto cero o virtual, reproduciéndose viralmente en su accionar y brindando una sensación de que son muchos más de los que están. Como expresa el principio de indeterminación de Heisemberg, se subdividen tanto que ya no se puede determinar nada, de allí que en algún momento de la curva, crean y sientan que pueden estar ganando la mayoría y más temprano que tarde se golpeen en la caída de la curva con los números latos.

Al dar cuenta de que cayeron en esta trampa, dan cuenta de que le hicieron caer a la gente que los acompaño en la otra gran trampa o fenomenal timo. Se presentaban como los radicalmente revolucionarios, y no hicieron más que una agitación menor para justificar luego, la reprimenda mayor por parte del amo, o la respuesta contundente por parte del sector más reaccionario del sistema, al que no buscan cambiar o reemplazar, sino simplemente provocarlo, sacudirlo, implorarle en términos combativos.

Salir de este gran postureo o impostura, de esta condición de insumisa a la que pretenden dotar a la democracia, se hace mediante el camino inverso. Es decir, en vez de profundizar, explorar, y desandar los supuestos caminos más encantados o atractivos que plantea la democracia en sus aspectos más prometedores o de expectación (de allí que estos movimientos sean caracterizados como de izquierdas, populistas, cuando no románticos o idealistas, dado que entronizan su accionar en este costado, en esta parcialidad, dejando la otra cara a sus oponentes, que le cuestionan su alejamiento de lo fáctico, de lo real, de lo resultante, de lo traducido) lo que se debe hacer, sobre todo quiénes de verdad pretendan un cambio del sistema es cuestionarlo, increparlo y objetarlo en sus múltiples resquicios, en sus diversas hendiduras. Cruzar las contradicciones, entra la teoría y la práctica, alborotar sus poderes que no están divididos, para denunciar la ilegitimidad en los mismos, plantear, reclamos en todos los órdenes y alzadas, aprovechando cada hiato de las diversas leyes, en donde hasta se contempla dejar de lado la democracia para cuidarla, es el camino que deberán seguir quiénes pretendan otra cosa, otras reglas y por ende otros resultados.

Seguir sin embargo, cambiando la característica o el predicado de lo democrático (la democracia apocada, la democracia real, la democracia directa, la democracia ahora, etc.) como en este caso la novedad Francesa, como en el pasado provino de otros puntos geográficos, no es más que un mero acto decorativo, de maquillaje, una pequeña revuelta que sirve de excusa para despertar al represor, al gran otro, que en términos democráticos, pone orden y disciplina, para que el círculo vicioso, nos siga atrapando, con sus nombres, con su semántica, son sus símbolos, con sus tótems, con sus incumplimientos, con sus promesas, con sus olores, con sus sabores, con todo lo que nutre nuestra cotidianeidad occidental.

Ir por algo distinto, o por una única elección que demos por válida, es sí estamos o no de acuerdo con este sistema tal como está planteado. Votar en una elección de estas características, sería el sumun de lo democrático, sería revolucionario en su completo sentido, dado que iría mucho más allá del análisis y de cómo sea entendido, pero solo podrá ser llevado a cabo, en el caso de que algunos den el primer paso y definan su accionar político, desde este principio, que abarca el concepto y el contenido, por sobre las formas, la lógica y las costumbres. Y que transforme la democracia en todo lo que ha prometido en su realización, sin temor a que por esa transformación, deje de llamarse tal y sin que el aturdimiento de extremistas nos evite pensar en esta gran posibilidad.



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Francisco Tomás González Cabañas

Francisco Tomás González Cabañas

Comunicador, filósofo, ensayista. Nací en el `80 cuando retornaba la democracia en mi país (Argentina). Maduré en el `01 cuando una crisis de proporciones casi se lleva puesta a esa democracia. Viví unos meses en Madrid, tengo editados 4 libros de filosofía. Dos novelas filosóficas (El Macabro Fundamento y el Hijo del Pecado) y dos ensayos de filosofía Política (El Voto Compensatorio, Redefinición del Contrato Social y La Democracia Incierta).

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