¿Y para que políticos en tiempos de democracia?

Martín Heidegger se preguntó ¿Y para que poetas en tiempos de penurias? A partir de un poema de Hölderlin, recaba, garabatea, piensa, rodea, posibles definiciones. Nosotros inspirados en palabras que bosquejó como las siguientes; “El hombre debe arriesgarse, es capaz de hacerlo, debe hacerlo constantemente y a gran escala. El hombre es un desprotegido de la naturaleza, de la totalidad del mundo y por ello no está limitado”, nos preguntamos acerca de nuestros políticos en tiempos de democracia.

Por definición lógica, un gobernante es lo que no es su votante o representado, sino no tendría razón de representarlo o de tutelar su voluntad política. Más allá de cómo se lo haya nombrado, individual o colectivamente (rey en una monarquía, presidente en una democracia) sea piedra fundante de la institucionalidad, generador de causas sociales o contratos naturales, sociales o de hecho, nos encontramos ante un ente que asume una representatividad que  excede a su representado.

Sí el votante, súbdito o ciudadano es incapaz de gobernarse per se, por falta de arrojo o capacidad, por acción u omisión, un desarrollo progresivo de la naturaleza que va hacia ello pero que no lo logra, una conformación particular de una realidad social que no termina de plasmarse, una dualidad de alma cuerpo, un compuesto basado en esencia, o cualquier otro tipo de definición que aún no se termina de ensamblar, deduciremos que el votante o representado es dentro de un pensar metafísico, un ser social inconcluso.

Sí el votante es un ser inconcluso el político, que lo representa, el gobernante que lo suple en ese faltante es una entidad concluida. Más allá de quien haya inventado a quien o producto de la imaginación de, nos encontramos ante un desarrollo que aún no se ha topado con este primordial interrogante.

El político representa lo ausente en el ciudadano, más que nada la pretenciosa y utópica ambición de que todo marche a la perfección, el gobernante básicamente es la afirmación de querer es poder,  el terminar con ese brecha, la simbiosis entre utopía y distopía, es el salvoconducto de un ser particular con realidad física que pretende denodadamente transformarse en una entidad general y a la vez real, de allí que todos los problemas, se solucionen mediante él, por más que no solucione nada.

Por supuesto que esta pretensión denodada no es explícita. La justicia, el amor, la gloria y la eternidad son necesidades que hacen a que el hombre sea tal. Como los conceptos nombrados son ausencias necesarias de cubrir para el ser humano, también lo es la imposibilidad de encontrar una respuesta a todo los interrogantes, la incapacidad de vivir atemporalmente (ser eterno).

 

El político es lo ausente. Lo que él no es, es el ciudadano. El motivo de la existencia de este tiene un nombre, gobernante, representante, que a su vez, como para transformarse en realidad efectiva y cobijar a cada uno de los particulares, puede desgajarse en la ley, en la regla, en la posibilidad y sobre todo en el permiso, en la autorización, a no autorizar por ejemplo y más que nada. No se puede afirmar que el político es una esperanza de los individuos, situado en algún lugar fuera de la sociedad (¿cuantas veces como excusa surge la pregunta ante las quejas o lamentos que se exteriorizan sí es que deseamos extraterrestres que nos gobiernen?). Tampoco de que sean los grandes ordenadores de lo social, que saquen lo mejor de sí de los ciudadanos. El gobernante  es el destino que no pude ser exhibido. Es el destino que se va forjando. Es el azar interpretado como necesidad y la necesidad interpretada como azar. Por esta razón las tragedias que cada tanto las ciudades padecen, como grandes incendios o inundaciones, siguen exentas de la responsabilidad (irresponsabilidad) de los políticos o gobernantes que se escudan en esta azarosa imposibilidad.

El gobernante es la nada del ciudadano, que existe únicamente gracias a él y su capacidad o incapacidad para que exista la nada o la imposibilidad misma del autogobierno.

El ciudadano es la nada y el ser. El gobernante  es quién gobierna en ciudadano, sólo su nada absoluta, por ello necesita mostrarse como entidad o como ser superior, cuantitativa o cualitativamente (ambas en verdad, legitimidad y legalidad). El ciudadano es el ser que no se acepta en su incapacidad en su maledicencia (en su rechazo, incomprensible del otro que hace suyo, por necesidad o conveniencia), por ello siempre necesitará representarse en lo que se pretende como mejor, en lo que no es, por más que ni siquiera lo quiera ser, o sepa que nunca lo será, de allí que el político (en potencia) su gobernante (en acto) no tenga necesidad de darle ningún resultado, solo promesa vana de que podrá ser lo que nunca será.

Finalmente, sí tal como nos lo enseñan desde todas las perspectivas, la democracia es el gobierno del pueblo, ¿para qué necesitamos intermediarios o intermediación para gobernarnos?



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Francisco Tomás González Cabañas

Francisco Tomás González Cabañas

Comunicador, filósofo, ensayista. Nací en el `80 cuando retornaba la democracia en mi país (Argentina). Maduré en el `01 cuando una crisis de proporciones casi se lleva puesta a esa democracia. Viví unos meses en Madrid, tengo editados 4 libros de filosofía. Dos novelas filosóficas (El Macabro Fundamento y el Hijo del Pecado) y dos ensayos de filosofía Política (El Voto Compensatorio, Redefinición del Contrato Social y La Democracia Incierta).

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