El substratum democrático: argumentum ad verecundiam.

Para sostener lo expresado debemos echar mano al Latín, dado que se constituyó en el resultante de la cópula Grecolatina desde donde arrastramos lo totémico de lo democrático, a lo que miles de años después, apenas si tímidamente algunos, muy pocos, nos atrevemos a la transgresión de decir algo al respecto, y muchos menos, medios o plataformas, como la presente, nos permiten divulgarlo.

Male parta male diabunter .“Lo que ha sido mal ganado es erróneamente perdido”. Esta frase atribuida a Marco Tulio Cicerón, se acompaña en verdad de la vida y obra de este filósofo y político Romano, quién al denunciar ante el Senado, un intento de golpe de estado, pregunto: Quousque tandem abutere,  patientia nostra? Lo que traducido sería: ¿Hasta cuándo abusaras de nuestra paciencia?

El poder, como tal, en su esencia más pura es un ejercicio permanente, y sí se ha resuelto dividirlo en tres, es en el historial de la humanidad, apenas una época, en esa época, son también hombres los que tendrán el ejercicio de la ejecución del mismo, en forma autónoma pero interrelacionada, bajo reglas del poder, también establecida por ellos mismos, o en el peor de los casos, predecesores.

En 1977, Castoriadis concedió una entrevista que fue publicada en Le nouveau politis en la que expresaba lo siguiente:

Los individuos no tienen ninguna señal para orientarse en su vida. Sus actividades carecen de significado, excepto la de ganar dinero, cuando pueden. Todo objetivo colectivo ha desaparecido, cada uno ha quedado reducido a su existencia privada llenándola con ocio prefabricado. Los medios de comunicación suministran un ejemplo fantástico de este incremento de la insignificancia. Cualquier noticia dada por la televisión ocupa 24 o 48 horas y, enseguida, debe ser reemplazada por otra para «sostener el interés del público». La propagación y la multiplicación de las imágenes aniquilan el poder de la imagen y eclipsan el significado del suceso mismo.

La democracia formal, inacabada, acotada, incierta, que nos proponen bajo el condicionante de que votemos cada cierto tiempo —como si esta aclamación de mayorías fuera realmente elegir algo—, no tiene como finalidad generar una sociedad democrática o individuos con comportamientos democráticos. La propagación de la imagen, que obtura la posibilidad del significante del suceso, se traduce en un alienante sistemático —como lo denuncia Castoriadis al acusar a los medios—, es parte de la metodología que utiliza la democracia para no ser democracia. Las campañas políticas, con sus múltiples reproducciones, bajo diferentes correas de transmisión (redes sociales, cartelería, afiches, volantes, publicidad audiovisual), no significan nada. Este es, sin duda, el período más antidemocrático.

Siempre y cuando los candidatos, no solamente no sean elegidos por voto de sus afiliado o militantes, es decir mediante el desarrollo de una democracia interna previa (tal como se denuncia como para justificar la celada, un embanderamiento, a su vez contumaz, dado que quién lo hace o impulsa no puede testimoniar con su accionar político el haber realizado en sus propios espacios o en momentos previos lo que peticiona, declama o exige) sino más que nada, no traicionen el lugar en donde están, y más aún sí en el que ocupan debe resguardar cierta integridad institucional. Esta barrabasada política, que bien podría ser entendida como un juego caprichoso e irresponsable, debe sin embargo, ser contundentemente respondida, con altura, solvencia, pero con determinación; los devaneos de desquiciados individuos pueden empezar a poner en jaque los sólidos entretejidos del corpus democrático (ver sino el caso de la Venezuela post-Chávez).

Sí uno puede tener cierta simpatía, o cierta apreciación positiva, esforzándose en creer por su puesto, ante un candidato, el período electoral no permitirá que se ofrezca una crítica constructiva, en aras de que tal cuestionamiento significaría hacerle juego al rival o ser directamente un idiota útil.  Al convertir al medio en fin, la campaña electoral termina de acendrar, de galvanizar, que lo único importante es ganar, a cualquier precio y a como dé lugar.

Pero entonces, en el ámbito de la palabra, en el distrito conceptual, en el cuál se sostiene la política, nos cabe preguntarnos, también en latín: Pacta sunt servanda a secas, o condicionado por  Rebus sic stantibus.

La excepción rebus sic stantibus(estando así las cosas) es una solución posible en aquellos casos en que la severidad del principio pacta sunt servanda (los pactos o acuerdos son sagrados o para cumplirse) no resulte adecuada para interpretar la verdadera voluntad de los contratantes, en este caso del contrato político tal como lo planteamos en este artículo.

Observemos el siguiente análisis de un jurista Español, acerca de esta controversia, por parte de quiénes disrumpen un contrato, modifican sus reglas o las violan, pretendiendo argüir un bien supremos jurídico mayor, que nunca estuvo en juego, o que en verdad sólo está presentado como excusa, para lograr precisamente el incumplimiento del pacto sin pagar consecuencias. Maniobras arteras que se producen desde que el mundo es mundo y que se producirán hasta tanto este tipo de trapisondas no merezcan su correspondiente condena social.

“Aunque se acostumbre a calificar el latín como lengua muerta, algunas de sus expresiones se mantienen todavía muy vivas y, en algunos casos, están cobrando una fuerza importante en el contexto actual. Es el caso de la locución “rebus sic stantibus”, cuyo significado vendría a ser estando así las cosas. El motivo por el que la expresión está en boga es su uso a la hora de poner en tela de juicio el carácter vinculante –a priori indiscutible- de los contratos entre partes.

De hecho, la expresión está integrada en un aforismo que podemos dividir en dos partes: “pacta sunt servanda rebus sic stantibus”. La primera parte del brocardo –lo pactado obliga- es la base de nuestro Derecho de contratos y así lo recoge el Código Civil (CC) en su artículo 1.091, al señalar, con un lenguaje ciertamente solemne,  que las obligaciones nacidas de un contrato “tienen fuerza de ley entre las partes”. Una aseveración que reposa tanto en la voluntad de dotar a esas obligaciones de la mayor exigibilidad, en atención al respeto a la palabra dada, como también en la advertencia –nada disimulada- de que el incumplimiento entre las partes tiene trascendencia más allá de sus propias esferas: la parte perjudicada puede recabar el auxilio del Estado, a través de su brazo judicial, para forzar a la otra parte a cumplir o para que, en su caso, entre en juego algún otro remedio, como la indemnización.

Podemos señalar adicionalmente que el pacta sunt servanda tiene otro efecto fundamental en la contratación: genera la expectativa suficiente para que los contratantes estén interesados en cerrar su acuerdo. Cualquiera es libre de obligarse voluntariamente a la prestación que considere oportuna, a modo de mera liberalidad, no siendo preciso contrato alguno para ello. La razón de ser del contrato reposa sobre algo tan antiguo como el intercambio, que se produce en este caso entre obligaciones: un contratante consiente obligarse porque, con ello, consigue que el otro haga lo propio, lo cual nos acerca a la figura de la causa (artículo 1.274 del CC) o a la consideration de los ordenamientos anglosajones. Cuando uno vende un inmueble, por ejemplo, está obligándose a entregarlo (asume el pacta sunt servanda como obligado), pero lo hace en el marco de una relación muy determinada y concreta: aquélla en que el comprador se obliga a pagar un precio (con lo que el vendedor se convierte, a su vez, en beneficiario también del pacta sunt servanda). En este sentido, el contrato “constituye una ordenación a la cual las partes someten su propia conducta”.

La segunda parte del brocardo no ha sido tradicionalmente tan utilizada como la primera. No sólo porque carece de una base en Derecho positivo tan sólida como el pacta sunt servanda (de hecho contraría la norma recogida en el artículo 1.258 del CC) sino porque, ciertamente, despierta recelo entre los juristas. En la medida en que un hecho (celebración del contrato) genera un efecto (su obligatoriedad) que lleva a una consecuencia natural (su cumplimiento), el axioma es claro y se logra, con ello, la seguridad jurídica en el tráfico. Como decíamos antes, una parte se obliga –y cumple- por la expectativa de que la otra parte haga lo mismo. Por ello, si introducimos matices, limitaciones, variables o vías de escape, estamos poniendo en riesgo la seguridad jurídica –no queda claro que el axioma se cumpla- y, con ello, el interés de los operadores de celebrar contratos, en la medida en que alberguen dudas de que vayan a servirles de algo. Un ejemplo sencillo analizado por la doctrina “un contrato de crédito cuya devolución e intereses fueran inexigibles nunca llegaría a celebrarse”.

Esa finalidad de introducir limitaciones al efecto vinculante del contrato (pacta sunt servanda) es la esencia de la locución rebus sic stantibus: el contratante se obliga a cumplir lo pactado, pero si se mantienen –y sólo si se mantienen- las circunstancias que lo llevaron a celebrar el contrato. Se consigue con ello condicionar el consentimiento en su momento prestado, por entender que ese consentimiento nació en un determinado contexto que fue determinante para el mismo y, por ello, modificado ese contexto, no cabe exigir los efectos de un consentimiento que, con las nuevas circunstancias, no se habría prestado. Como es evidente, esta revisión posterior del consentimiento previo lleva aparejada una elevada dosis de inseguridad jurídica: un contratante nunca podrá estar seguro de que el otro cumpla si, con el tiempo, alega esa mutación de las circunstancias.

De ahí que su uso deba ser necesariamente restrictivo, tal y como de hecho es natural si se tiene en cuenta una distinción básica entre las dos locuciones analizadas: pacta sunt servanda es la regla general de nuestro Derecho de contratos, mientras que rebus sic stantibus es la excepción. Admitir de manera amplia y generalizada la posibilidad de introducir excepciones al cumplimiento de los contratos tendría presumiblemente un doble efecto en el mercado: en primer lugar, un inicial rechazo a seguir contratando, porque se entendería que la figura carece de utilidad práctica; en segundo, la introducción de las correspondientes garantías, en forma de cláusulas que previeran ya el modo de resolver la alegación futura, por parte de alguno de los contratantes, de la excepción rebus sic stantibus.

No significa ello que deba rechazarse por completo su uso. Significa, sencillamente, que debe reducirse a aquellos casos en que esté plenamente justificado y, para ello, es preciso apreciar que concurren los tres requisitos que el Tribunal Supremo viene exigiendo  como elementos que justificarían la excepción y que tienen carácter cumulativo. Y cabe asumir el riesgo de que una postura restrictiva pueda no ser la solución más adecuada a algún caso concreto, debiendo para ello remitirnos a otro aforismo jurídico: Lex potius tolerare vult privatum damnum quam publicum malum (la ley prefiere más tolerar un daño privado que un mal público)”. http://www.diariojuridico.com/rebus-sic-stantibus-cuando-cabe-y-cuando-no-revisar-las-obligaciones-asumidas/

Es sobradamente demostrable, sobre todo a nivel político, en donde si bien las leyes deben ser laxas, los cumplimientos de la palabra asumida deben ser a rajatabla, a los efectos de evitar procesos deslegitimatorios y horadadores de lo democrático, que no cumplir un pacto empeñado, presentando la excusa fútil de que las cosas han sido modificadas o cambiadas, no es más que una huera maniobra de traficantes de la mentira.

Socius fit culpae qui nocentem sublevat.”El que apoya al culpable se hace cómplice de la falta”. Su autor Publilio Siro fue un escritor latino de la antigua Roma. Fue hecho esclavo, pero gracias a su talento se ganó el favor de su amo, que lo liberó y educó (a diferencia de las esclavitudes modernas en donde la máxima expresión de libertad es que te brinden la posibilidad de ganarte un salario que apenas permita la subsistencia, una suerte de condena para no dar cuenta de lo corto de las cadenas). Recibió el premio de César en una competición en la que venció a todos sus rivales, incluido el célebre Décimo Laberio en los tiempos en que los premios y las distenciones eran tales, y no reductos de la baja politiquería para comprar favores a cambio de caricias a la vanidad. De sus obras queda únicamente una colección de “Sentencias” (Sententiae) y la siguiente es tal vez la más contundente, sobre todo en los tiempos actuales en donde, la sociedad civil, pretendería que se cumpla “iudex damnatur ubi nocens absolvitur” (“El juez es condenado cuando el culpable es absuelto.”) tal máxima, tan determinante, efectiva y sencilla. La complicidad en la falta, y que hace culpable al que apoya al truhan, cuando es lesiva de la cosa pública, se transforma en crimen de lesa humanidad, como pretender borrar con una sentencia la imprescriptibilidad de haber asesinado en nombre y con recursos del estado, o pretender asesinarlo a este, mediante el transfuguismo electoral, o la asonada institucional de haber accedido a un cargo por un partido, frente o espacio político y antes de terminar tal función abandonar tal conducto o carro por cualquier excusa fútil o simplemente no cumplir con la palabra empeñada, haciendo expresa la trampa, del desenmascaramiento que lo democrático, solo ha sido en función de una falacia y no como posibilidad de algo mejor para las mayorías.

 



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Francisco Tomás González Cabañas

Francisco Tomás González Cabañas

Comunicador, filósofo, ensayista. Nací en el `80 cuando retornaba la democracia en mi país (Argentina). Maduré en el `01 cuando una crisis de proporciones casi se lleva puesta a esa democracia. Viví unos meses en Madrid, tengo editados 4 libros de filosofía. Dos novelas filosóficas (El Macabro Fundamento y el Hijo del Pecado) y dos ensayos de filosofía Política (El Voto Compensatorio, Redefinición del Contrato Social y La Democracia Incierta).

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