De cómo se nos corre la democracia.

Es más sencillo de lo que las palabras, o al menos estas, puedan expresar (de hecho existe en el título un doble sentido en el uso del término correr que en algunos países del habla castellana denotan un producto de lo sexual y en otros el salir a disparar llanamente). En diferentes partes del mundo, la democracia, está viviendo una modificación, natural, lógica y correspondiente a los tiempos que creemos que corren junto a nosotros. Es decir, sí nos ponemos a pensar desde cualquier perspectiva es imposible que este fenómeno no ocurriera.

En menos de dos décadas, culturalmente (que desde este pliegue el tiempo de cambio se ralentiza) modificamos nuestros hábitos de consumos, nuestras maneras de comunicarnos, como así también nuestras estructuras más básicas y elementales como el hogar y la familia.

Lo que otrora, hasta incluso para la ley, era por ejemplo un hijo ilegítimo por haber sido concebido por fuera del matrimonio, hoy podría ser considerado un delito el sólo mencionarlo y hasta ser acusado por maltratador ante instituciones creadas a los efectos de cuidar con celosía, derechos de hasta quinto grado o incluso de animales y porque no de hormigas californianas.

La comunicación ha dejado de ser tal, es decir, vivimos en el interdicto de una expresión continua en donde tal velocidad nos interpela a que reduzcamos, paradojalmente los mismos niveles de expresividad, dado que un piropo puede ser tomado o interpretado como una aviesa situación abusiva.

Uno puede adquirir por la red, desde niños, armas y bacterias, pero sí pretende alquilar los servicios de quién se ofrezca para sacarle un polvo (para que nos corramos en sentido sexual) podrá ser declarado un tratante de personas. Lo mismo sí cariñosamente le dice puto al peluquero del barrio que en unión civil, alquiló un vientre en otro país para adoptar un niño que será más suyo y de su pareja que de nadie. Cómo a nadie, o a esos nadies, se le ocurrirá cuestionar porque en tal sociedad un peluquero gana más que un docente, médico y lo mismo que un político. Porque los periodistas comunican los secretos de las sabanas, los intríngulis de amoríos y como si fuese poco, pretenden ser tratados de intelectuales.

La democracia, como no podía ser de otra manera y mal que les pese a los intelectuales, sobre todo a los orgánicos, a los que se acendran en las usinas académicas de formación de seres enlatados prestos a comprar, para reproducir, fotocopias de artículos que son en el mejor de los casos, alguna buena lectura de Marx o de cualquier otro autor neomarxista o que haya leído a Marx, ha pasado a ser otra cosa de lo que era, apenas unos años atrás.

Como decíamos no es necesario, verlo o leerlo afuera, por más que esa mirada también sea ratificatoria de lo expresamos.

Las democracias liberales, occidentales o como las queramos llamar, no interpelan a sus ciudadanos a que elijan a sus representantes o a quiénes las administren. La democracia pasó a ser un rito plebiscitario, una jornada electoral en donde por una mayoría matemática, se determina sí el grupo que se hizo en el poder continuará o no continuará.

Es decir, no elegimos más (en verdad nunca elegimos, pero no la vamos a liar parda, que allí está el negocio de ciertos intelectuales, hacer incomprensible lo obvio) no optamos por quién gobierna, ratificamos o rectificamos a los que gobiernan. O mejor dicho, para expresar de qué va esto, o los corremos, es decir los sacamos a los gobernantes, para poner al subsiguientemente otro, dado que no nos da, el corrernos de la democracia, por más que está y ya en el sentido sexual, se nos corra a nosotros.

Cómo esto no está aún, expresado en tales términos, usamos, al grupo (llamarlos partidos sería un insulto a quiénes han formado o creyeron en partidos políticos) que pretende disputarle el poder para en verdad, sacarnos, correrlos, a los que nos están gobernando. Claro que la tendencia natural, a permanecer en lo mismo, como las ventajas competitivas que tienen material (sobre todo mediática como económicamente) como hasta espiritualmente (en cuanto a expectativa, el voto útil o voto condicionado que generan por sobre quiénes les pagan el sueldo manejando las cuentas públicas) hacen que sea casi imposible que un gobierno deje de ser tal, de acuerdo a como está planteada la democracia actual.

Para que suceda un cambio, es decir, para que la ciudadanía, salga de todo aquello, no sólo tiene que estar mal en todo sentido, sino estar cansada, fatigada, harta de esta situación y expresarlo mediante el artilugio del voto, que es ni más menos que la sentencia del correrlos, con la vaina, pero correrlos al fin, para que vengan esos otros que le siguen.

El caso testigo sería la actual situación de Venezuela pero no ahondaremos en esto, dado que son demasiadas las voces que viven a costa del pueblo venezolano, expresando sandeces sinsentido (no pretendemos ser decoloniales, pero sorprende la cantidad de descendientes de conquistadores, que diciéndose de izquierdas y con sus pelitos al viento, enajenan bolívares para trocarlos en euros por escribir argucias eurocéntricas inconcebibles y a-conceptuales) mientras el pueblo debate en las calles, mediante sangre, lo que debería debatir en una elección para ver finalmente quién corre a quién.

La democracia, nos salva de aquello, precisamente, de allí que la conservemos, pero eso no significa que no represente esto que decimos, que devino, que se convirtió en un ratificatoria, de la continuidad o no  de un gobierno. Lo mejor que podemos hacer, es desde el lugar en el que uno vive, poder hacer uso de esos derechos que garantiza la democracia. Más que nada la voz, el voto no sólo que es obligatorio, sino que además puede ser comprado, no tenido en cuenta o no contado, y como dijimos, no es tan raro que así suceda.

La democracia, para que no se nos corra (en el sentido sexual) perversamente sobre nosotros, debe ser corrida, en sus vertientes oficialismo y oposición, de lo contrario, seguirá siendo lo que es; un mero juego para ver sí cada tanto, corremos o no a los que nos gobiernan, no importa quiénes vengan después, dado que nos reservamos ese derecho de más luego también volver a correrlos.

Corremos tras el fenómeno democrático o de la democracia, por eso, por más que la anhelemos, la deseamos o digamos que vamos por ella, jamás la tendremos ni estará entre nosotros.

 



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Francisco Tomás González Cabañas

Francisco Tomás González Cabañas

Comunicador, filósofo, ensayista. Nací en el `80 cuando retornaba la democracia en mi país (Argentina). Maduré en el `01 cuando una crisis de proporciones casi se lleva puesta a esa democracia. Viví unos meses en Madrid, tengo editados 4 libros de filosofía. Dos novelas filosóficas (El Macabro Fundamento y el Hijo del Pecado) y dos ensayos de filosofía Política (El Voto Compensatorio, Redefinición del Contrato Social y La Democracia Incierta).

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