Hacer el mal: una contradicción en los términos

Según la moral (o las morales) “ortodoxa”(s) o dominante(s), o sea, las que sirven de fundamento a la política dominante, a la pedagogía dominante, a la teología dominante…, el hombre hace el mal. Quiero repetir el que me parece el principal argumento intelectualista según el cuál esto es insostenible.

El hombre hace el mal. Esto es lo que le hace Culpable. El mal no es siempre padecimiento, sino que el verdadero mal personal (la maldad) es acción, actividad, acto. Es más, el mal activo de la persona (la Culpa, la comisión del pecado) antecede al mal que es el (justo) padecimiento consecuente: la Pena. El hombre es malo, incluso por naturaleza, o, por lo menos, inclinado al mal. Ahora bien, ¿qué es el Mal?, y ¿qué es Hacer?

¿El Mal es algo positivo y real, o es algo negativo e irreal? La parte más importante de la ideología “ortodoxa” o dominante dice que el mal no es una realidad positiva: el mal no es ni una sustancia o cosa, ni una propiedad positiva de las sustancias, sino una privación, una realidad meramente relativa. No hay nada intrínsecamente malo, sino sólo por comparación.

Aceptar lo contrario, que el Mal sea una realidad positiva, que hay ser-malo (malo en cuanto ser, esencialmente), implicaría que hay que buscar el criterio de lo que está Bien en otro lugar que en el criterio ontológico, que ser más (ser) no equivale a ser mejor, que mal no equivale a no-ser. Teológicamente, implicaría que Dios ha hecho el mal, voluntaria y positivamente, aunque sea de manera algo indirecta.

Hay toda una línea de moral y teología (muy propia de tiempos “modernos”) que viene a sostener eso: el bien no puede deducirse del ser, ni puede encontrarse racionalmente. El criterio del Bien, la Ley absoluta, es la decisión inescrutable del creador de las cosas. A este criterio sólo se puede acceder por la fe. Esta opción no me detendré ahora a tenerla en cuenta: quien tenga la suficiente fe y ceguera para asumir algo así (alguien con la soberbia de un Lutero, por ejemplo), es muy improbable que quiera o pueda atender a un argumento en estos asuntos (de hecho, tales selectos creyentes rechazan a priori toda argumentación en estos asuntos). Por mi parte, si la salvación consistiese en aceptar algo así, rechazaría la salvación (seguramente confirmándoles con ello que no soy una de las vasijas elegidas para las estanterías del paraíso). 

Demos, pues, por adquirido, que el Mal no es realidad o Ser, sino que “existe” sólo de manera secundaria, comparativa o relativa. Ser y Bien son “convertibles”: todo ser es bueno en cuanto ser, todo lo que es bueno, es real en cuanto es bueno.

Demos también por adquirido que, como dice en general la mejor parte de la ortodoxia, ser y acto son también lo mismo, o dos aspectos de lo mismo. Un ser es activo en la medida en que, sólo por él (por sus características propias o esenciales) se explica su conducta; es decir, aquel ser que está menos determinado por algo extrínseco. Un ser es pasivo en la medida en que su conducta no se explica por sí mismo, sino por lo exterior. Decir que un ser más activo es más real, equivale a decir que ser es lo mismo que tener poder causal (valga la redundancia). Teológicamente se dice que Dios es puro acto, mientras que la materia es pura potencia. Pero por eso sólo Dios tiene una realidad infinita y la material tiene sólo una realidad infinitesimal (si no no es, incluso, una mera abstracción).

Según lo anterior, hay, pues, una ecuación total entre Ser, Acto y Bien (o Perfección). Una cosa es real en la misma medida en que es activa, es decir, en que se autodetermina; una cosa es también buena o perfecta en la misma medida en que es más activa. Esto, decía, lo acepta la mayor y mejor parte de la “ortodoxia”. La parte que no lo acepta se ve llevada al irracionalismo moral y al relativismo, porque no hay lugar de donde deducir el bien, si lo bueno no es lo mismo que el grado de realidad.

Sin embargo, en el concepto de Maldad o Culpa, es decir, en la mala acción de una persona o ser racional y libre, es necesario que el mal no sea pasión o pasividad, sino acción, acto, actividad; en la maldad el mal no puede ser carencia o privación, sino realidad. Y esto es contrario a lo que, en términos de principio, decíamos del mal. Para que haya culpa, es decir, maldad activa (hacer-mal) es necesario que haya a la vez verdadera actividad y verdadero mal. Sólo en la medida en que una acción sea voluntaria, es decir, autodeterminada o activa (es decir, dotada de mayor realidad) y, a la vez, sea mala (es decir, cause padecimiento o negación de ser) se puede decir que la acción es culpable.

No basta con sostener, como hace por supuesto la ortodoxia, que es más activo tener voluntad aunque sea mala o inclinada al mal, que ser totalmente pasivo o no tener voluntad ninguna; ni basta con decir, como también dice la ortodoxia, que el ser que es puro acto y pura voluntad “no puede” elegir el mal (incluso esto por definición, para los voluntaristas, porque es precisamente su voluntad la que determina qué es bien y qué es ser). Lo importante es que se intenta considerar como acto, como actividad, la elección y la práctica del mal. El culpable HACE EL MAL, no lo PADECE. Si no fuese así, el mal sería siempre padecimiento. No pena, pero menos aún culpa.

Ahora bien, es inconsistente sostener, por un lado, que ser, acto y bien son equivalentes o convertibles, y, por otro, que la maldad es acto. Si hay que mantener la identidad completa de Ser, Acto y Bien, una realidad o ser será mala sólo en la misma medida en que es pasivo o menos perfecto.

En pocas palabras, el argumento que veo incontrovertible, se reduce a esto:

Si Bien y Acto son convertibles (algo es bueno o perfecto en la medida en que es activo o autodeterminado)

Y la elección libre es siempre acto, actividad, autodeterminación.

Entonces, la elección libre es siempre un bien.

Y, también:

Si Bien y Realidad o Ser son convertibles (si el mal es una privación de realidad)

y la elección voluntaria es realidad o ser (poder causal).

Entonces no hay mala elección voluntad o libre.

Por tanto, hay que rechazar una de dos: o que el mal es mera privación o carencia, o que se hace el mal. Quien diga que se hace el mal (no sólo que se padece), tiene que aceptar que una realidad positiva y activa, como lo es un ser con voluntad, que se autodetermina, puede ser mala. En ese caso tiene que disociar Bien de Ser, y tiene que proporcionarnos un criterio de Bien, que no dependa del criterio ontológico. Y eso es algo que no puede hacerse.

La Culpabilidad, atribuir a alguien haber HECHO MAL, insisto, implica aceptar que el actor es totalmente dueño de lo que hace, es decir, que tiene el poder causal de hacerlo, y que, sin embargo, no hace el bien. Eso implica que la Libre Voluntad no está determinada ni por el completo conocimiento del bien (pues en ese caso no podría hacer MAL), ni por las pasiones (pues en ese caso no podría HACERlo).

Yo no veo dónde está equivocado este razonamiento. Pero si está en lo cierto hay que decir que todo el discurso de la Culpa es fruto de la ignorancia. Aunque no por las razones de un Nietzsche, por ejemplo.

La concepción “ortodoxa” depende, me parece, de una concepción equivocada de lo que es la libre voluntad. La libre voluntad no puede identificarse con la libertad de indiferencia, es decir, con la indeterminación. Dejaré este asunto para otra entrada.

Otra cuestión, a la que me gustaría dedicar atención en otro momento, es si esa ideología moral dominante u “ortodoxa” es realmente ortodoxa, incluso desde el punto de vista teológico (cristiano, por ejemplo). Creo que no es la mejor intelección del texto evangélico, el que dice “perdónalos porque no saben lo que hacen”. Si el argumento es válido, en todo caso, en el infierno no hay nadie.

 

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Juan Antonio Negrete

Juan Antonio Negrete

Filósofo, filomúsico, filopoeta, profesor de filosofía. No creo en la educación del Esfuerzo y la Excelencia, ni en la moral de la Culpa y la Pena.

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